CALEIDOSCOPIO

Nostalgia y Depresión


Creo que existe una frontera que es preciso recorrer con gran cuidado ya que el no reconocimiento de sus características puede conducir a severos errores.
Me refiero a cuestiones que tienen que ver con afectos como la nostalgia, la tristeza y la depresión.

Cuando se habla de la gran prevalencia que tienen los estados depresivos en las consultas que se realizan a los psiquiatras y psicólogos y cuando se realizan estudios epidemiológicos que tratan de determinarla en las diversas poblaciones, se están señalando hechos que solo en parte pueden ser verdaderos.
Este juicio está sustentado en la creencia que no todos los psiquiatras y psicólogos se percatan de las características distintivas de los fenómenos señalados y por otra parte, en que los instrumentos que se utilizan en la investigación epidemiológica no discriminan claramente entre los afectos estudiados.

Desde la nostalgia

Para muchos resulta evidente la existencia de similitudes y diferencias entre la tristeza y la depresión.
A pesar de que el formidable avance de las neurociencias nos tiene a todos asombrados, que yo sepa, ellas recién en los últimos tiempos se han planteado el problema.
Al respecto es interesante señalar que la tomografía por emisión de positrones ha posibilitado la exploración de las estructuras neuroanatómicas cerebrales involucradas funcionalmente en la expresión de diversas emociones de la vida cotidiana, como ser los estados de felicidad, tristeza y disgusto.
Quisiera abordar, en esta oportunidad, algunas problemáticas de la depresión desde el plano de la psicopatología.
Me valdré para ello de un recorrido que se inicia en un fenómeno conocido por todos: la nostalgia. Creo que ésta contiene alguna de las claves que pueden arrojar cierta luz a la pregunta que subyace a esta reflexión: ¿Por qué existe la depresión?

María Moliner en su diccionario del uso del español nos señala que la palabra nostalgia es de creación moderna y está compuesta con las raíces del griego nostos, regreso y algos, dolor.
Implica claramente un estado de añoranza, una tristeza por estar ausente de la patria, del hogar, de los seres queridos.
Termina, esta filóloga española hace poco desaparecida, diciendo: es la pena por el recuerdo de un ser querido.

Esta ligazón de la nostalgia con la memoria ha sido soslayada en diversos contextos. Emilio Lledó, en el prefacio de su libro “El surco del tiempo”, que es un excelente texto sobre el mito platónico de la escritura y la memoria, rescata un fragmento de la Odisea donde se cuenta de la llegada de Ulises y sus compañeros a la tierra de los lotófagos, es decir los comedores de loto.
Esa extraña planta de color rojizo y de un sabor extremadamente dulce como la miel, tenía la característica de provocar, en aquellos que la ingerían, el olvido.

Ulises advirtió rápidamente el peligro que representaba tal práctica y condujo obligadamente a sus compañeros a las naves.
Los ató a los bancos, no fuera que alguno de ellos cediera a la tentación y comiera el exquisito loto, olvidándose entonces del regreso a la patria.

La nostalgia se alimenta de una dolorosa y permanente tensión que liga al sujeto a su pasado interactivamente presentificado y que trata de futurizarlo imaginariamente a través de un anhelado reencuentro.
La nostalgia también se construye sobre esa capacidad de la mente que los psicólogos han denominado memoria y que opera, como sabemos, de muy diversa manera.

El fenómeno de la nostalgia ha sido abordado en su estudio desde múltiples perspectivas. Una de ellas es la histórico social. Mircea Eliade ha investigado a las sociedades arcaicas y constatado su rebelión contra el tiempo concreto e histórico. Además ha destacado la permanente nostalgia expresada en un retorno periódico al tiempo mítico de los orígenes y que denomina el tiempo magno.
Todo su libro sobre “El mito del eterno retorno”, es testimonio de su esfuerzo por concebir a ese eterno retorno, no como el efecto de las tendencias conservadoras de las sociedades primitivas, sino como expresión de una verdadera valoración metafísica de la existencia.

La nostalgia está arraigada en la esencia del ser humano y testimonio de ello es que permanentemente se ve expresada en las creaciones artísticas.
Vaya, entonces, un ejemplo que para nosotros, los rioplatenses, cala muy hondo.

Corría el año 1935 en Buenos Aires y en el teatro Smart se preparaba una revista musical titulada: El cantor de Buenos Aires.
Se presentó para su inclusión en un tango canción titulado “Nostalgias” que fue rechazado, no se sabe porqué, por los responsables de la puesta en escena.
Sin embargo, al año siguiente, en 1936, un conjunto de música dirigido por Juan Carlos Cobián conseguía estrenarlo en el Charleston, un conocido centro nocturno de la calle Florida.
Desde aquel entonces ese tango canción, cuya música pertenece al mismo Juan Carlos Cobián y cuya letra obedece a la inspiración de Enrique Cadícamo, ha recorrido el mundo entero manteniendo una permanente adhesión de todos los auditorios.
Es difícil sustraerse a la emoción que genera el:

Nostalgias
de escuchar su risa loca
y sentir junto a mi boca
como un fuego, su respiración.
Angustia
de sentirme abandonado
y pensar que otro a su lado
pronto pronto le hablará de amor.
¡Hermano!
Yo no quiero rebajarme
ni pedirle, ni llorarle,
ni decirle que no puedo más vivir.
Desde mi triste soledad veré caer
las rosas muertas de mi juventud.

Sentimientos y emociones

La nostalgia se liga entonces, explícitamente en estos versos con la angustia, el abandono, la soledad y la pérdida de la juventud.
El psicoanálisis nos invitaría a transitar por el laberinto de las pérdidas de objetos y los recortes narcisísticos.
Pero antes de decir algo al respecto recordemos que la nostalgia, la tristeza y la depresión son considerados por la psicología como sentimientos.
En realidad resulta arduo el poder definir qué son los sentimientos y aún más el poder diferenciarlos.
Hasta tal punto existe una real dificultad que algunos han tratado de definirlos por la negativa.
Es decir, que los sentimientos serían lo que no es percepción, ni pensamiento, ni instinto.
Como bien señalaba López Ibor en sus recordadas Lecciones de psicología médica sentimiento sería lo que no es una vida objetivable.

¿Pero por qué hablar de sentimientos y no de emociones?
Habitualmente se señala en todos los Manuales de psicología que las emociones son súbitas, reactivas y transitorias, a diferencia de los sentimientos que poseen la característica de ser más permanentes.
Además, por otra parte, es notorio que el correlato somático de la emoción es más patente y evidente que en la vida sentimental.
Pero el sentimiento ofrece esa característica inédita de nutrirse a sí mismo, a pesar de que frecuentemente se cristaliza en un objeto determinado.
También se ha discurrido mucho acerca de la diferencia entre un sentimiento y una pasión.
La persona afecta de un determinado sentimiento tiene, en general, la convicción de que él lo ha creado a diferencia de la pasión, en el que el sujeto se experimenta como arrastrado por ella, implicando en cierta medida una situación de pasividad.

Por otra parte, se ha analizado y discutido acerca de la diferencia entre sensación y sentimiento.
Se ha acotado que la sensación en general es localizada, que ella posee un umbral y en cierta medida puede ser objetivable.
Los sentimientos, en cambio, son más difusos y son verdaderos estados del yo.
Esta era la tesis que sostenía Scheler y que hoy deseo rescatar.
Quiero partir de este punto, a efectos de poder expresar ciertas ideas que he elaborado acerca de algunas de las diferencias existentes entre la tristeza y la depresión.
Se repite con frecuencia que la depresión es la patología de la tristeza.
Pero la literatura psiquiátrica utiliza la denominación de estados afectivos, donde incluyen todo lo que hemos tratado de diferenciar: emociones, sentimientos y pasiones. No entraremos en la temática que los manuales clasificatorios habituales resuelven ingenuamente.
Ninguno de ellos tiene la fineza de discriminar las complejidades y matices de los estados afectivos.

Dijimos que los sentimientos son estado del yo pero debemos resaltar, sobre todo a insistencia del pensamiento fenomenológico que ellos poseen una intencionalidad. Este concepto de intencionalidad tiene una larga historia en el pensamiento filosófico.
Sobre todo para la escolástica que le daba, por un lado, un sentido lógico explicando la representación que la conciencia se hacía de sus objetos.
De esta manera distinguía a las intenciones sensibles y a las intenciones intelectuales. Por otro lado, también le daba al concepto un sentido ético.
El tender hacia otra cosa implicaba siempre un sentido moral: una intentio finis que procede de la voluntad.

El aporte de la fenomenología sobre todo la de Husserl ha sido básico, concibiendo a la intencionalidad como la relación fundamental según la cual toda conciencia es conciencia de algo.
Con ello se significa que la conciencia no puede presentarse a sí misma sino como conciencia vinculada a un mundo ya dado o ya ahí y hacia el cual intenta proyectarse.
Esta noción de intencionalidad desde esta perspectiva se vincula estrechamente con la de significación porque -como señala Noiray- si la conciencia no existe más que por sus objetos, correlativamente los objetos, solo tienen sentido por la proyección de la conciencia hacia ellos.
Este enfoque borra de un plumazo la vieja y eterna disputa entre el realismo y el idealismo.

Lo que ahora me interesa destacar -y esto desde las perspectivas del psicoanálisis- es que las experiencias originales, de las cuales el sujeto no es conciente, provee a la conciencia de una serie de significaciones que ella misma es incapaz de justificar.
Las consecuencias de esto son muy importantes para clarificar la psicopatología y el psicoanálisis tiene mucho para decir introduciendo el deseo como uno de los motores de los fenómenos psíquicos.

Hace muchos años Jaspers intentó fenomenológicamente describir la experiencia del sujeto acerca de las cualidades que posee la vivencia del sí mismo.
Me interesa destacar el señalamiento de Jaspers acerca del sentido de unicidad que posee el individuo a través -como diría Levinas- de la duración del tiempo.
A pesar de que los contenidos del pensamiento y los juicios de valor hayan mudado intensamente a través de la experiencia de la vida, no se pierde normalmente, la capacidad de experimentar la vivencia de que se es siempre el mismo.

Obviamente ésta es una propiedad del ser humano que le permite fundar su identidad y que requiere en primer lugar la integridad del instrumento mnésico. La patología demencial nos da claros ejemplos de ello.
Pero es necesario para consolidar la identidad la condición de los procesos de identificación, tema del que el psicoanálisis se ha ocupado in extenso.
Desearía destacar a este respecto las condiciones acerca de cómo éstas se producen en los primeros tiempos de la vida.
Teóricamente podemos pensar que las identificaciones pueden realizarse de distinta manera, según sean las condiciones en que el aspecto representativo y el afecto concomitante se desarrollen. García

Badaracco ha trabajado in extenso con el concepto de las identificaciones enloquecedoras.
Pienso que estos aspectos patogénicos deben relacionarse a las condiciones de estabilidad de la representatividad posible, pudiendo éstas tener un grado de endeblez e incertidumbre tal, que desde el inicio del desarrollo del yo se determine su futura alteración.

Freud señaló en su conocido trabajo sobre “Duelo y melancolíael proceso regresivo que se produce de la relación objetal a la identificación en ciertas situaciones de pérdida o duelo.
Pero en relación al afecto Freud en otro texto clásico:  “Inhibición, síntoma y angustia”, expresó que dichos afectos podían ser concebidos por sí mismos, como reproducciones de antiguos acontecimientos de importancia vital para el sujeto.
Es sabido que muchos años atrás Freud había descubierto el diverso destino que podía seguir el afecto y la representación en las diversas condiciones psicopatológicas.

Pero el propio afecto, al parecer disociado en su destino de la representación puede -como señala Guillaumin en su análisis del tema en la obra de Freud- estar expresando en su propia descarga energética la imposibilidad de que se hubiesen realizado ligazones suficientes con las estructuras cognitivas, es decir las representaciones. Ç
Dicho de otra manera: el afecto estaría ocupando el lugar de una huella mnémica, de una representación imposibilitada, por alguna circunstancia, de consolidarse en la noche del comienzo de la ontogénesis.
En ese illo tempore, época de las identificaciones primarias, existiría una falla de la representatividad pasando el afecto entonces a testimoniar, con su presencia, dicha perturbación.

La tristeza que nos embarga cuando nos hemos sentido afectados y frustrados, toma en cierto sentido el carácter transitorio de una emoción.
Hemos aprendido un repertorio de estilos defensivos para desembarazarnos de ella.
En ocasiones, sobre todo en situaciones de pérdida, nos domina y nos embarga a tal punto que los psiquiatras hemos inventado el término de humor triste para dar cuenta de la persistencia en el tiempo de dicho fenómeno.
En este caso el fenómeno tiene las características de un sentimiento.
El aspecto representativo conciente da cuenta, en general fácilmente al observador, de una relación de comprensibilidad entre el afecto y la representación.

Sin embargo el problema no es tan sencillo, ya que como agudamente lo ha señalado Lacan, la relación de comprensión sobre la cual tanto insistía Jaspers, no es igual a la relación de sentido que se revela en el trabajo analítico con el inconciente.
Esta nos permite ligar a los diversos grupos representativos de manera insospechada. El análisis nos permite soslayar las frecuentes sobredeterminaciones del estar triste por.

Conclusión: los niveles del funcionamiento conciente dan cuenta muy parcialmente del porqué estamos tristes.

La depresión

La nostalgia puede acompañar el existir del sujeto de una manera distinta de la tristeza y aunque genera vivencias, en cierto sentido similares, mantiene permanentemente la esperanza y el anhelo de un reencuentro jubiloso y placentero ubicado en el futuro.

Tanto el estado de tristeza como la nostalgia generan un sufrimiento, pero no testimonian un riesgo en la estabilidad de la identidad del sujeto.
Se mantiene un proyecto existencial y para que éste pueda existir es imprescindible que las identificaciones básicas, sobre las cuales se funda la identidad, estén aceptablemente internalizadas.
Ello aleja el peligro de que el estado de pesar y el propio penar del sujeto provoque una fractura existencial que testimonie la disolución de la identidad del sufriente.

En la depresión, el pathos del paciente se nos muestra como profundamente alterado. Existe tanto para el paciente como para el observador la vivencia de algo cristalizado de lo cual no se puede salir.
La inhibición psicomotora que frecuentemente envuelve al deprimido, llega a su acmé en el estupor melancólico, donde el sujeto recogido sobre sí mismo, se aparta del mundo compartible, quedando fijado a su experiencia dolorosa.

Creo entender que en la depresión, a diferencia de la tristeza y la nostalgia existe un riesgo que el mismo paciente no nos puede narrar.
Pienso que la monotonía del lenguaje quejoso del sufriente, embargado en una pena sin fin, oculta un postrer y último esfuerzo por mantener a salvo algo que creo que es del orden de la estabilidad de las identificaciones primordiales y éstas, sabemos, son los pilares sobre los cuales se construye la identidad.
Ellas fueron generadas en un momento incipiente de la capacidad del sujeto en construir su mundo de representaciones.

La depresión expresa la claudicación en poder organizar un proyecto vital que permita al sujeto sostener su pasado, disponiendo de él, para poderlo futurizar en forma permanente.
Esto genera, en consecuencia, una amenaza de quiebre de la identidad del sujeto.
Esta amenaza de la cual no es conciente el paciente, lo conduce in extremis a desarrollar la depresión como postrer procedimiento defensivo donde el afecto ocupa el lugar de las representaciones fallidas.
El sujeto no puede sostenerse más que a través de dichos afectos.
Todo esto conduce a una paradoja.
Ella está dada por lo que se ve con frecuencia en los pacientes deprimidos.
Por un lado, no querer vivir una cierta renuncia a vivir, puesto que, no se tolera no seguir siendo uno mismo ya que los procesos identificatorios en ciertas circunstancias no lo sostienen más.
Por el otro, el gesto suicida con el que frecuentemente termina este drama, intenta rescatar en la eternidad de la muerte la identidad amenazada.

A diferencia de la situación de tristeza, donde estos procesos identificatorios no corren el riesgo de desestabilización que hemos señalado, en el paciente deprimido, las situaciones de pérdida que frecuentemente gatillan estos cuadros clínicos, sí lo hacen.
Esta intolerancia a las pérdidas se vinculan, precisamente, a la inadecuación in illo tempore de los procesos identificatorios iniciales.
Con ello se significa que la psicopatología depresiva debería desde esta perspectiva, ser encarada como un déficit del desarrollo.
Si estas reflexiones tienen algo de cierto, las consecuencias pueden ser múltiples y alimentar futuras investigaciones.

Ante todo puede permitir afinar el diagnóstico clínico de la depresión discriminándola de otros estados como ser, la tristeza y la nostalgia.   (Fuente: Las fronteras invisibles de Enrique Probst)


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