CALEIDOSCOPIO

La luz de la palabra Por Sergio Sinay


Conservamos papel impreso del año 2000 antes de Cristo, pero no el primer correo electrónico. Tenemos los datos y la cinta magnética, pero el formato se perdió.” Esto dice Spencer Weart, físico, historiador de la ciencia y director del Centro de Historia de la Física del American Institute of Physics, de Estados Unidos. Y en la edición de enero de 2007 de la revista Physics World, Robert P. Crease, director del Departamento de Filosofía de la Universidad del Estado de Nueva York, se pregunta qué ocurrirá con toda la preciosa información científica, literaria, histórica, psicológica, poética y emocional que llegó hasta nosotros a través de cartas, anotaciones, diarios personales y otras fuentes en las cuales la herramienta esencial fue la escritura. El dato que aporta Weart habla de la banalidad, la inconsistencia y el riesgo que corre la historia humana cuando se endiosa una herramienta (como son las tecnologías de conexión) en desmedro de los contenidos. Y el interrogante de Crease alerta sobre la sombría posibilidad de que una especie, la nuestra, se desprenda de su memoria y se niegue a dejar testimonio de sí misma.

Pablo Picasso decía a sus discípulos que, ante todo, debían saber dibujar una silla tal cual ella es. Sólo entonces estarían en condiciones de representarla del modo en que quisieran (dos líneas, una mancha, etc.). Con la escritura ocurre lo mismo. Antes de abreviar una palabra es necesario saber deletrearla en su totalidad. Para sintetizar una idea hay que tenerla. Las reglas del lenguaje, la ortografía y la sintaxis no son caprichos. Tienen fundamentos cognitivos y culturales, entre otros. En El país que nos habla, Ivonne Bordelois nos recuerda con exquisita sensibilidad que nacemos dentro de una lengua y que ella nos enlaza con todos quienes la hablan, nos da identidad y pertenencia. La lengua se compone de palabras, las palabras son pensamientos (y los pensamientos son palabras). Hay una relación directa entre la armonía, la riqueza, la versatilidad del pensamiento y las palabras que lo expresan.

Bordelois alerta sobre lo que llama una verdadera demolición del lenguaje, consistente en la reducción del léxico, en la creación de giros que no admiten confrontación con la realidad y en la infantilización y reducción del pensamiento crítico. Responsabiliza de esto a los medios. Yo agrego la grave confusión entre conexión y comunicación producida por la explosión de la tecnología conectiva. El lenguaje comunica, lo demás conecta. Puedo ser muy diestro en el manejo de las herramientas tecnológicas y muy pobre en mi vocabulario, en mi capacidad de coordinar las palabras para extraer de ellas toda su potencia, su belleza, su potencial intelectual y emocional. Cuando a Oscar Wilde le contaron que se había inventado algo llamado teléfono, que se usaría para hablar, comentó: “¿Para hablar de qué?”. Hoy podríamos preguntar con qué palabras se usarán esas herramientas en donde, según algunos, las reglas de la lengua sobran.

Es comprensible la angustia de nuestra amiga Bárbara. La escritura nació hace unos tres mil años, con los sumerios. Era ideográfica (símbolos y dibujos). Después se hizo fonética, sus signos representaban sonidos. Y hoy es ideosilábica, un sistema alfabético completo que no deja lugar a dudas. La escritura es una construcción humana, fruto de una historia que la propia palabra testimonia y conserva. Si no sabemos para qué sirve un tenedor, ¿cómo y en qué habríamos de usarlo? Si desconocemos las razones del lenguaje acabaremos por emitir sonidos, dibujar signos o apretar teclas. ¿Pero nos estaremos comunicando? ¿Estaremos construyendo nuestra identidad y nuestra memoria? ¿O nos quedaremos a oscuras?

Fuente La Revista La Nacion

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El sabio no nace, se hace Por Sergio Sinay


Como nuestra amiga Carolina, también la británica Sorcha Corey, investigadora y docente de arte clásico inglés, hace una especial diferencia entre conocimiento y sabiduría. “El conocimiento nos sirve para ganarnos la vida, la sabiduría nos ayuda a vivir”, dice. Ambas proponen desandar una vieja confusión que lleva a creer que quien mucho leyó o estudió es sabio. Ya en la Grecia socrática se distinguía entre un tipo de sabiduría superior y otra práctica. La primera (sophia), considerada una virtud del alma, consistía en conocer, a través de la investigación de las cosas naturales, todas las causas y los principios. La segunda (phrónesis) era una habilidad adquirida para hacer ciertas cosas. Ya se hablaba, pues, de sabiduría y conocimiento.

También lo hacía en sus reflexiones Jiddu Krishnamurti (1895-1986), luminoso orador, filósofo y escritor indio que en El libro de la vida (una recopilación de charlas y escritos hecha por Mark Lee) señala el conocimiento como apenas una rama del árbol llamado sabiduría. “Nos agarramos de la rama y creemos que es el árbol, pero mediante el conocimiento de una parte jamás podremos experimentar el júbilo del todo.” Krishnamurti descreía de la sabiduría como un hecho intelectual. Y alertaba a quienes, en un vano intento por evitar el dolor, la incertidumbre y el desasosiego inherentes a la vida, buscan explicaciones para todo. Si la mente y el corazón son sofocados por el conocimiento que busca todas las explicaciones, “la vida se torna vana y carente de sentido”. En esa dirección apuntaba el gran Albert Einstein cuando concluía que “cada día conocemos más y entendemos menos”.

¿Qué es lo que hay que entender? Quizá que la vida no es un parque temático en el que hallaremos todo resuelto y explicado, en el que todo será fácil y obvio. Quizás haya que entender que se conoce y se crece a través de la dificultad, que hay un sentido también en el dolor, que hay un misterio a la vuelta de cada esquina y que hay que cruzar todas las esquinas que propone el camino elegido. La sabiduría es inteligencia, pero no la inteligencia entendida como acumulación de conocimientos, sino como un punto de encuentro -decía Krishnamurti- entre la razón y el amor. A ese lugar se llega cuando hay comprensión de nuestra propia interioridad, cuando nos atrevemos a bucear en ella con los ojos abiertos, y cuando se hace la experiencia de sumergirse en las revueltas aguas de la vida, no la de limitarse a surfear en ellas.

Aun así, intuyo, no alcanza la sola acumulación de experiencias para hacernos sabios. Experiencias son las cosas que vivimos voluntaria o involuntariamente. Lo que hagamos con ellas, las actitudes a que nos lleven, dirán si hemos adquirido sabiduría. Hay muchas personas llenas de conocimientos y anémicas de sabiduría. Hay muchas otras que pasaron por todas, se propusieron vivir intensamente, acumularon decenas de experiencias y anécdotas para contar, pero no destilaron de ellas ni una gota de sabiduría. Acaso porque sólo se la alcanza cuando se la deja de tener como meta, cuando no se aspira a adquirirla como quien suscribe un seguro contra el dolor, la decepción, la perplejidad o el riesgo, cuando conservamos la capacidad de asombrarnos. Es lo que comprueban los protagonistas de Sabiduría garantizada, un hermoso film de la alemana Doris Dörrie, cuyos protagonistas, dos hermanos en crisis existencial, descubren en carne propia que la rama no es el árbol. Podemos ganarnos muy bien la vida o podemos vivir muy bien. Las dos cosas no son opuestas, pero no se unen naturalmente. Lo que las integra es la sabiduría. Y no venimos dotados de esta herramienta existencial. La incorporaremos, o no, según sea nuestro modo de estar en el mundo.

Fuente Revista La Nación

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En el mismo bote Sergio Sinay


A lo largo de dos siglos, las compañías peleteras de Canadá vieron que sus ganancias y pérdidas se alternaban cíclicamente. En épocas de bancarrota quebraban las empresas pequeñas. Sus dueños no podían enviar a sus hijos a buenos colegios, mientras que los propietarios de las grandes compañías inscribían a los suyos en las mejores escuelas. Así, con cada ciclo económico negativo, la brecha social y educativa se ampliaba. Y todo se debía a las liebres de patas blancas. Cuando éstas escaseaban, los linces morían por falta de alimento y había menos pieles. Las liebres faltaban porque se alimentaban de una gramínea que, a su vez, estaba en extinción debido al recalentamiento atmosférico. Esto, que narra el antropólogo, paleontólogo y conservacionista keniata Richard Leakey en La sexta extinción, evolución de la vida y la humanidad, muestra que vivimos en un mundo sistémico e interconectado.

Sólo los seres humanos podemos tomar conciencia de ello, y somos también los únicos capaces de alterar intencionalmente esas relaciones sistémicas. Ninguna otra especie mata con intención, fabrica armas, planea asesinatos o se agrede a sí misma a través de sus conductas. También, siguiendo nuestro libre albedrío, transformamos el mundo en que vivimos. Somos creativos e innovadores. Nombramos a las cosas y con ello les damos existencia; nos transmitimos tradiciones, hábitos, creaciones artísticas. Reconocemos nuestros sentimientos y emociones, los convertimos en actos. Construimos viviendas, vehículos; curamos nuestras enfermedades. Nos damos nombres y cimentamos vínculos significativos con el semejante. Creamos conceptos como los de igualdad y justicia; podemos ser generosos. Y también manipuladores, psicópatas y predadores. Intereses egoístas hacen de un planeta que es propiedad común (y debería ser cuidado y respetado comunitariamente) un loteo, una propiedad privada a la que cada quien devasta como quiere o le conviene. Sobre todo los más fuertes.

En Autobiografía de un espantapájaros, el gran neurólogo, psiquiatra y psicoterapeuta Boris Cyrulnik, profundo investigador de la resiliencia (atributo de quienes trascienden tremendos traumas físicos o psíquicos), señala cómo hemos desarrollado una tecnología que a menudo olvida al semejante. “Las máquinas realizan proezas pasmosas mientras los niños pierden la capacidad de aprender los ritos de interacción que permiten ajustarse a otro, tranquilizador y, sin embargo, diferente”, escribe Cyrulnik. Y advierte que el narcisismo, el egoísmo alentado por la creencia de que se puede vivir en un mundo de puras certezas, a resguardo de todos, incluso del prójimo, del amor o de las preguntas acerca del sentido de las cosas, del sentido del universo que nos acoge y del sentido de la propia vida, nos empuja a pensar en el corto plazo, en la rentabilidad inmediata, en la satisfacción personal por sobre todas las cosas.

Seamos o no creyentes religiosos, como lo es nuestra amiga Isabel, lo cierto es que compartimos el mundo, que lo hemos recibido de quienes nos precedieron y que somos responsables de legarlo (si es posible, en mejores condiciones) a quienes nos sucedan. La noción de ser eslabones de una cadena infinita se pierde cuando cada uno se encapsula en sí mismo. Las catástrofes naturales existen, existieron y existirán por causas diversas. Estamos obligados a buscar sentido para poder vivir en un mundo que, sin él, parece insensato, insiste Cyrulnik. “Si no, sólo seríamos una masa vacía, careceríamos de vida psíquica.” Además del dolor y del horror que provocan, los desastres pueden recordarnos que tenemos esa respuesta pendiente, y que para formularla será inevitable nuestro encuentro con el otro, con su dolor, con su pedido cuando nos necesite, y también con su ayuda y con su amor cuando lo necesitemos.

Fuente, Revista La Nación

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El sentido de lo existencial


La vida esperanzada

Decía el gran pensador humanista Erich Fromm que cuando la vida deja de ser atractiva e interesante es fácil para el ser humano ser arrastrado por la desesperación. Ya nada importa, nada hay para cuidar o resguardar, la destrucción y la autodestrucción. ¿Y cuándo la vida deja de ser atractiva e interesante? Acaso cuando al elevar la mirada no se encuentra un horizonte, un camino, una meta, un propósito. Cuando no hay hacia dónde marchar ni queda nada por esperar. Cuando no hay esperanza.

Aún las más terribles historias individuales o colectivas que se hayan registrado en la historia de la humanidad muestran que siempre queda algo por esperar. No hay vida que esté terminada antes de haberse cumplido su trayecto. La esperanza habla de una espera, es obvio. Pero no de una espera pasiva, en la cual aquello que aguardamos vendrá a nosotros o se nos dará solo. Se refiere, en cambio, a una espera activa, que se proyecta. El verbo latino iacere significa tirar, lanzar. Algo está iacto cuando está lanzado. Proyectar (pro iactar) es lanzar hacia adelante. Lanzamos proyectiles, proyectamos ideas, sueños. Nuestra esperanza está en donde hay un proyecto, nos guía, es la luz de un faro en la noche calma o tormentosa. El faro no navega por nosotros. Su simple existencia no nos garantiza que alcanzaremos la costa. Pero nos dice hacia dónde navegar, en qué dirección nos espera la tierra firme.

Una vida esperanzada es una vida proyectada, echada a navegar en la dirección de una costa. La costa no vendrá hacia nosotros, se impone guiar a la embarcación, impulsarla, orientar su rumbo. En su bello y nutricio trabajo La ecología emocional, Jaume Soler y Mercé Conangla, fecundos y sabios exploradores de la salud emocional, reflexionan así: “No debemos confundir esperanza y sueño. El sueño puede ser totalmente irreal, la esperanza debe colocarse sobre aquello que es posible, aunque no dependa totalmente de nosotros (…) Tenemos que valorar muy bien qué esperamos, por qué esperamos y qué hacemos mientras esperamos conseguirlo”. Conviene detenerse sobre este pensamiento, porque nos viene a decir que la esperanza es, por sobre todas las cosas, realista. En una vida esperanzada no se construyen castillos en el aire. Se busca un suelo firme y se ponen cimientos sólidos.

La esperanza nos da siempre una tarea, nos permite entrenar nuestros recursos y habilidades, nos ayuda a aprender mientras abrimos nuestro camino. Nos recuerda, en fin, que entre aquello que esperamos, nuestra actitud y nuestra voluntad hay un lazo profundo, un hilo conductor, una relación estrecha. La esperanza rompe el determinismo, ya sea biologicista, psicologista o el de quienes creen que su destino está escrito y sólo resta aguardar que acontezca, para bien o para mal. Ella nos dice una y otra vez que tenemos una responsabilidad: la de proyectarnos. Es decir, la de darle un argumento a nuestra vida, la de elegir y decidir qué hemos de hacer y cómo hemos de hacerlo a partir de las circunstancias y situaciones reales en las cuales nos encontramos. Los animales, por ejemplo, no tienen esperanza y tampoco decepciones. No tienen proyectos ni propósitos. Hacen lo que el instinto les dicta y esos dictados constituyen un programa que, simplemente, se repite. Los humanos, en cambio, elegimos, estamos dotados de conciencia y con ellos de libertad verdadera, que no significa ni vida silvestre ni camino sin obstáculos, sino ejercicio de la capacidad de elección y asunción de las consecuencias de esas elecciones. Por esto es que tenemos esperanzas. “La esperanza es esa cosa alada que se posa sobre el alma”, definía la poetisa estadounidense Emily Dickinson, que vivió entre 1830 y 1836.

La esperanza no nos asegura el porvenir. Quien cree en eso, simplemente se entrega a un acto de fe, convencido de que su actitud será premiada por alguien (¿Dios?) o algo (¿el destino?). Si se da lo que espera, su creencia se afianzará, si no ocurre así se habrá abonado a la decepción. En ambos casos habrá hecho poco por aquello en lo que confiaba. Justamente porque esperanza no es sinónimo de concreción de la meta, ella va siempre, cuando es realista, acompañada de una cuota de temor. Temor e ilusión se dan la mano en la vida esperanzada.

Tampoco voluntad es sinónimo de esperanza. Hay una porción de voluntad en la actitud esperanzada, pero querer no es poder (querer es querer, poder es poder y cuando ambos se integran se potencian, pero no siempre existe ese punto de encuentro). Los ingredientes reales de la esperanza son nombrados por Soler y Conangla: paciencia, seguridad en los propios recursos, confianza, tranquilidad, coraje. La vida esperanzada es, pues, una vida activa, orientada a propósitos, una vida confiada, en la cual se fortalece la autovaloración y el aprecio por el simple hecho de existir. Es una vida que, como los árboles firmes, echa raíces profundas en la tierra y eleva un alto ramaje hacia el cielo. No edifica su fe en el dogma sino en lo experimentado, en lo vivido. Es una vida activa, con una convocatoria permanente a conjugar los verbos. Lo que valoriza siempre a la esperanza es la trascendencia de aquello que la articula. Si aspiro a ganar la lotería, a que mi equipo salga campeón, a cambiar mi auto cada año, a tener un millón de dólares antes de cumplir cuarenta años, a que mi hijo sea el mejor del colegio o del club, a que mi casa sea la envidia de mis amigos, no estoy hablando de esperanza sino de expectativas y exigencias. Acaso se cumplan, ¿pero habrán iluminado el sentido de mi vida? ¿Habrán contribuido a que el mundo sea un poquito mejor? ¿Habrán abierto un horizonte más allá de mi propio ombligo? ¿Definirán una vida esperanzada? Mi opinión: no.

La esperanza, por fin, vive en el presente, no es un punto de evasión hacia el futuro. Quien vive su presente con responsabilidad, con empatía, cooperativamente y con amor activo (amor traducido a hechos), es actor de una vida esperanzada. Porque nada de eso tendría sentido si no nos proyectamos hacia un porvenir en el que quizá no estemos, pero en el que otros recibirán y portarán el legado. También, entonces, se puede vivir sin esperanzas, y no será porque no las hay, sino porque no se asume el proyecto que las convoque.

La esperanza, como la responsabilidad, es una cualidad individual. Mi esperanza se construye desde adentro de mí, desde una forma de abordar mi vida, y desde allí se sostiene y justifica, con acciones, no con declaraciones o meras creencias. Nadie puede darme esperanzas y a nadie puedo culpar por no haberlas hecho realidad. Pueden darme promesas, y puedo creer en ellas e incluso pueden cumplirse, pero una promesa no es una esperanza. A las promesas las recibimos, a las esperanzas las generamos, son fruto de nuestra actitud, de nuestra actividad, de nuestras decisiones. Quien vive una vida esperanzada no avanza por caminos que otros construyeron, sino que anda aquellos que abre por sí mismo.

La vida suficiente Solemos asombrarnos al descubrir la infelicidad de quienes “lo tienen todo” para ser felices. Hay millonarios que se suicidan, famosos que muestran existencias emocional y afectivamente devastadas, poderosos que exhiben debilidades patéticas, autosuficientes que se desmoronan ante la primera adversidad. Están, también, los que corren obsesiva y angustiosamente detrás de algo (fama, dinero, poder, una pareja, una posición económica, política o social, bienes muebles e inmuebles, objetos, relaciones) y en cuanto los tienen demuestran su decepción, se deprimen, necesitan reiniciar la carrera, ahora detrás de otra cosa. Abundan los que lo tienen todo, los que alcanzan lo que se proponen, los que reciben lo que piden y, sin embargo, chapotean en la insatisfacción, en la demanda quejosa, en la depresión.

¿Pero qué es tenerlo todo? O, dicho de otro modo, ¿qué es todo lo que hay que tener? En un libro inclasificable e inquietante en el que presenta sencillas y poderosas experiencias cotidianas al alcance de todos, el filósofo francés Roger-Pol Droit propone tratar de medir la existencia1. Así, como suena. Ya que todo parece mensurable, dice, midamos la existencia, mida usted la suya. “¿Cómo diría usted que se mide adecuadamente su existencia”, pregunta Droit. “¿En metros recorridos a pie, en kilómetros recorridos en auto, en años, días, horas, segundos, en latidos de corazón, en litros de sudor, de orina, de sangre, en kilos de carne, de papas, en litros de vino, en papel borroneado, en tiempo perdido, en amor dado, en amor recibido? ¿Cómo se mide?”.

Esta misma imposibilidad aqueja a quienes se sienten siempre insatisfechos, a aquellos a quienes nada ni nadie les alcanza. A los cultores del “Sí, pero…”. Si algo les ocurre preguntan por qué a ellos. Y si algo no sucede el cuestionamiento es por qué no a mí. Jamás se preguntan por qué no habría de pasarles a ellos o por qué debería ocurrirles a ellos. Creen que las frustraciones y dolores que atraviesan son siempre inmerecidos y están convencidos de que todo lo que merecen nunca les llega. Su actitud existencial es la de quien se siente desilusionado por la vida, como si hubiese llegado a ella con un contrato de garantías bajo el brazo. Llenar un barril sin fondo es más fácil que convivir (en la pareja, la familia, el trabajo o en cualquier plano y momento) con alguien que sufre el síndrome de la insuficiencia.

Para quien nada es suficiente, probablemente nunca nada lo será, pues su demanda suele partir de una base viciada. No sabe lo que quiere. O peor: quiere todo. Pero nada de lo que quiere lo tiene a él mismo (o ella misma) como referente. Desea un auto como el de su vecino, un trabajo como el de su amigo, una pareja como la de su prima, un cuerpo como el de fulanita, una chequera como la de Menganito, un viaje como el que hicieron Pepito y Pepita, un hijo como el de los Fulanez, una familia como los Menganez, un plasma, un celular, un freezer, una computadora como los que muestran en la publicidad, quiere ser joven como Cachita, pero tener la experiencia, la sabiduría y el aplomo de la veterana Cuquita. Quiere comer sin engordar, envejecer sin dolores, quiere, en fin, orgasmos sin seducir a nadie, sin actividad sexual, sin desvestirse. Erich Fromm, extraordinario pensador humanista, sostenía que la primera condición para alcanzar “algo más que la mediocridad” en el arte de vivir es querer una sola cosa2. O una cosa por vez. Cuando eso ocurre, “la persona entera se orienta y se dedica a lo que ha decidido”. Esa persona tiene una meta. Pero no cualquier meta es suficiente. El propósito orientador debe darle sentido a la vida de esa persona. Si la meta es, por ejemplo, tener (tener lo que otros dicen que hay que tener, tener lo que me incitan a tener, tener lo que se estila tener, tener lo que me hará aceptable, lo que hará que me inviten y me incluyan, lo que hará que me admiren o me teman, o me “quieran”), toda las energías de mi vida, mi creatividad y mi fuerza emocional, acaso también mis valores y mi capacidad afectiva, se irán escurriendo por las alcantarillas del consumo y la posesión. Nada será suficiente.

En general, nada es suficiente cuando se confunden los medios con los fines. El dinero, la fama, el poder, una pareja, una familia, son medios. Medios a través de los cuales vivir una vida con significado. Instrumentos que pueden permitir mejorar el mundo, mejorar a otros, alcanzar metas trascendentes, tener incidencia beneficiosa en el universo de relaciones en el que habitamos. Pueden ser herramientas para trascender (no a través de estatuas o alabanzas, sino a través de acciones bienhechoras), para alcanzar la experiencia del amor, para mejorarse como persona, para manifestarse en la cooperación, en la empatía, en la generosidad, en la creatividad. Para hacer de la propia una existencia fecunda. Pero si se los toma como fines en sí mismos, se abre la puerta a la insatisfacción, se quita el fondo de un barril que jamás se llenará. ¿Cuánto dinero es suficiente si la meta es el dinero? ¿Cuánta fama? ¿Cuánto poder? ¿Basta con tener alguien al lado, de cualquier manera, a cualquier costo (sean el maltrato, la indiferencia, la dependencia, la sumisión, el engaño, la decepción) para sentir cumplida la meta del emparejamiento? ¿Alcanza con preservar a sangre y fuego la formalidad de una familia para que ese sea un espacio de amor, de respeto, de confianza, de estímulo, de aprendizaje emocional, de desarrollo personal, de cooperación? Estoy convencido de que no. Y de que en esa confusión nace buena parte de la insatisfacción de los tiempos actuales, tiempos de hiperconsumo de psicofármacos, de búsquedas disfuncionales de una satisfacción confusa, abstracta, sin contenidos, tiempos de uso y abuso de terapias y pseudoterapias de las que se espera respuestas mágicas evitando indagaciones interiores necesarias y no siempre cómodas.

Cuando nada es suficiente, se deja de observar y de valorar lo obvio (…)

La fuente de tanta demanda insaciable, de tanta insatisfacción sin fin puede rastrearse en variados orígenes, según los casos: crianzas al ritmo de una exigencia familiar agobiante, tempranas e importantes pérdidas afectivas, creencias heredadas según las cuales no hay otro destino que la felicidad y la grandeza, autoestimas frágiles o quién sabe cuántas posibilidades más. Todo esto no quita que las personas adultas ya no viven las vidas que les dieron, sino, como dijo Sartre, lo que ellas hacen de las vidas que les dieron. Suele ocurrir que cuando nada alcanza es porque poco se ha hecho en la tarea de descubrir el sentido de la propia vida, aquello por lo cual ella es valiosa (y no sólo para quien la vive) y se la ha puesto en stand by, a la espera de que las respuestas vengan de afuera, envasadas al vacío, enviadas por delivery. A las personas que inquieren y examinan el sentido de su existencia en el lugar en donde están, en las experiencias que viven, a esas personas que pueden asombrarse cada día nuevamente por el simple hecho de existir y por todo aquello que les es dado, a aquellas que puedan festejar y maravillarse por el hecho de vivir y por el magnífico y complejo entramado de pequeñas circunstancias y episodios que se llama existencia, a esas personas la vida les es suficiente. Y a su manera, muchas veces íntima y silenciosa, la celebran en cada respiración.

Fuente Revista La Nacion

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“La Cárcel de la Individualidad”. Alejandro Jodorowsky.


Cautivos en la cárcel de la individualidad, atravesamos la vida. Pero es diferente estar preso en un tarro de basuras, a estar preso dentro de un diamante. En el tarro oscuro fermentan ilusiones insatisfechas y rencores. A través de las paredes del diamante se puede vislumbrar el maravilloso infinito…

Te voy a contar un cuento:

Una mano estaba prisionera dentro de un guante de ladrillos. Los cinco dedos añoraban esos días de libertad en que podían asir un vaso, tocar una guitarra o acariciar una suave piel. Agobiados por las frías paredes, querían huir. Soñaban con tener los medios para hacerlo. El pulgar, tristemente, confesaba su impotencia diciendo: “¡Si tuviera un elefante, podría hacer que derrumbara estos muros! ¿Pero de dónde voy a sacar tan poderosa bestia?”. El índice gemía: “¡Oh, si yo tuviera un cañón, podría demoler la mazmorra!” Y pasaba días imaginando planes para lograr el arma. El cordial deseaba tener una locomotora que embistiera el rígido guante, soñando con ruedas de acero, rieles bruñidos y potentes motores. El anular, más extremista, se ilusionaba pensando que podría construir una bomba si consiguiera los materiales precisos. Los cuatro se quejaban juntos: “¡Ah, si tuviéramos lo que necesitamos, podríamos escaparnos! ¡Pero así, con las yemas vacías, es imposible salir!¡Lo único que nos queda es soportar esta cárcel con dignidad!” El meñique, sin hablar, sin hacer planes, sin quejarse, con paciencia infinita se puso a raspar la pared. Pasó una larga cantidad de tiempo. ¡Crac! El dedito logró atravesar la barrera de ladrillos y su laberinto digital sintió el cosquilleo del aire puro. ¡Libre! Los otros dedos, sorprendidos, exclamaron: “¿Cómo pudiste horadar las paredes de este infierno, sin ayuda?” El meñique, orgulloso de su hazaña, contestó: “¡Puesto que no podía encontrar ayuda externa, me ayudé a mí mismo! Mientras ustedes imaginaban irrealizables planes, yo me dediqué a raspar. ¡Me fue más útil un pequeño rasguño que la más grande idea!”… Sus hermanos lo alabaron, envidiándolo. Cuando el meñique trató de largarse para gozar de la libertad, se dio cuenta que no podía hacerlo porque los otros dedos estaban aún presos, y como nacían de la misma palma o se escapaban todos juntos o no se escapaba ninguno.

Lo que quieres para ti, debes quererlo para toda la humanidad. ¡O nos realizamos todos o no se realiza nadie! La llegada del Mesías, no es la aparición de un dios-hombre sino el día en que todos los seres humanos se iluminen.

Alejandro Jodorowsky.

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“Acéptate”. Conversación con el Maestro. Alejandro Jodorowsky.


‎-¡No eres lo que fuiste, no eres lo que serás, no eres lo que quieres, eres lo que eres! ¡Cesa de buscar egos que te avasallen y acéptate!

-Maestro, quiero que me dé un guía práctico para llegar a mí mismo…

-En verdad ya estás en ti mismo, pero no cesas de alejarte de ti. Piensas “Yo soy yo”. “Yo pienso, yo siento, yo deseo, yo necesito” Pero no eres tú el que piensa, siente, desea y necesita. Recibes pensamientos, recibes sentimientos, recibes deseos, y el cuerpo te impone necesidades… Comienza a darte cuenta: eres el que piensa, pero no lo pensado, ni lo sentido ni lo deseado. No eres tus necesidades. ¿Quién eres? Eres todo menos tú. Ese YO que crees ser, es una ilusión necesaria para relacionarte con el mundo. Mas es innecesario para conocer tu realidad interior. Tu realidad interior es el universo mismo. Todo lo que crees ser forma parte de tu Yo, pero no de tu ser esencial. Cuando estás en ti, no tienes raza, ni nacionalidad, ni clase social, ni edad, ni nombre, ni características sexuales, ni pasado, ni futuro, eres un continuo presente, sin definición.

-¡Por favor, no siga Maestro! ¡Si yo no soy yo, me siento perdido!

-Cuando te encuentras, el Yo se esfuma. Pero como has construido toda tu vida en base a esa ilusión, vida que consiste en una red de amarras, sientes que si deshaces los nudos, dejas de ser amado, definido, deseado. Crees que pierdes a los otros. Pero los otros a los cuales te has atado y te han atado, son tan ilusorios como tú. ¡Sé capaz de sumergirte en el desierto, vacíate de sueños, renuncia a tu imagen, déjate caer en el abismo de ti mismo, muere como “Yo” y renace como “Nosotros”!

-¡Maestro, lo admiro, algún día llegaré a ser como usted!

-¡No eres lo que fuiste, no eres lo que serás, no eres lo que quieres, eres lo que eres! ¡Cesa de buscar egos que te avasallen y acéptate!

Alejandro Jodorowsky

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Carencia de maternaje y organización de dinámicas violentas -Laura Gutman –


Personalmente creo que todas las formas de violencia, pasivas o activas, concretas o sutiles, se generan a partir de la falta de maternaje, es decir, a partir de la falta en la calidad de atención, calidez, amor, brazos, altruismo, generosidad, paciencia, comprensión, leche, cuerpo, mirada y sostén….recibidos –o no- desde el nacimiento y durante toda la infancia.

Desde el punto de vista del bebé, toda experiencia sin suficiente apoyo y sostén, es violenta. Porque actúa en detrimento de las necesidades básicas.

Sencillamente, un bebé pequeñito llega al mundo sin ninguna autonomía. Recién adquiere la capacidad de desplazarse por sus propios medios alrededor de los nueves meses, gracias al gateo. Y necesita alrededor de dos años para tener conciencia de su ser separado. Y luego precisará varios años para que pueda salir solo a la selva urbana. Necesita del adulto para sobrevivir. Por supuesto que requiere que se le procure alimento, higiene, calma y silencio para dormir. También sabemos que el niño necesita contención, calor, cercanía de otro cuerpo, leche, mirada, palabras y sobre todo alguien que haga de mediador entre él y el mundo externo. Si no recibe una calidad de atención acorde con sus necesidades básicas, esa falta la vive como violenta. Es la violencia del desamparo.

La realidad es que la mayoría de los bebés llegan al mundo sin una mamá o persona maternante capaces de sostener y fundirse en la inmensa necesidad de ser sostenidos y acariciados en forma permanente. En la actualidad, los bebes no reciben incondicionalmente lo que piden, porque siempre hay un adulto cerca para no estar de acuerdo y para tener una opinión al respecto.

Generalmente se trata de las mismas madres amorosas que entramos en contradicción con nuestros propios pensamientos. El asunto es que no es un período para pensar. Es un período para entrar en fusión emocional. No hay que buscar razones, ni elegir concienzudamente la mejor opción. No hay reglas a seguir ni consejos aplicables. En estos casos los niños quedan prisioneros de lógicas incomprensibles, alejados de los brazos de sus madres y solos.

Los bebés unánimemente explican una y otra vez a través de sus interminables y prístinos llantos, dónde está su lugar. El bebé que no está en contacto con el cuerpo de su madre, experimenta un inhóspito universo vacío que lo va alejando de su anhelo de bienestar que traía consigo desde el período en que vivía dentro del vientre amoroso de su madre. El bebé recién nacido no está preparado para un salto a la nada: a una cuna sin movimiento, sin olor, sin sonido, sin sensación de vida. Esta violenta separación de la díada causa más sufrimientos de lo que podemos imaginar y establece un sin sentido en el vínculo madre-niño. Cuando las expectativas naturales que traía el pequeño son traicionadas, aparece el desencanto, junto al miedo de ser nuevamente herido. Y después de muchas experiencias similares, brota algo tan doloroso para el alma como es el enojo, el miedo y la resignación.

Cuando ese ser tan pequeñito no se siente valioso ni bienvenido, se convertirá necesariamente en un ser humano sin confianza, sin espontaneidad y sin arraigo emocional. Todos los bebés son valiosos, pero sólo pueden saberlo por el modo en que son tratados. En los países “desarrollados”, las madres compramos libros con indicaciones sobre cómo atender a nuestros hijos, sobre cómo dejarlos llorar hasta que se duerman y cómo abandonarlos en el vacío emocional sin siquiera tocarlos. Las madres jóvenes desconfiamos de nuestra capacidad innata de criar a nuestros hijos, y desoímos los “motivos” que tienen los bebés para transmitir señales que son inconfundiblemente claras.

La noche en particular puede ser terrorífica para los niños al no percibir ningún movimiento. El “tiempo” aparece como un hecho doloroso y desgarrador si la madre no acude, a diferencia de las vivencias dentro del útero donde toda necesidad era satisfecha instantáneamente. Ahora la espera, duele. De hecho, los niños lloran hasta dormirse. Al despertar, finalmente encuentran confort en brazos de sus madres. Pero ya no confían, están atentos y se aferran con vigor a los pechos calientes. Los muerden, los lastiman. Tienen miedo. Y así, una y otra vez hasta que abandonan. El miedo los acompañará siempre, incluso en esos momentos en que están reconfortados. Porque saben que el silencio volverá en cualquier momento a devorarlos. Nunca más dejarán de estar alertas. No cuentan con nadie y el mundo es hostil.

Cuando nuestros hijos lloran o reclaman “más de lo normal”, creemos que se han constituido en enemigos que las madres debemos vencer. La idea básica alrededor de esta moda estima que satisfacer las necesidades de un bebé o niño pequeño los convierte en “malcriados”, aunque paradójicamente, obtenemos una y otra vez el resultado opuesto al esperado. De hecho, los bebés siguen siendo “demandantes”, se enferman, se accidentan y nos traen muchos dolores de cabeza.

En la medida que van creciendo, la psique se organiza adquiriendo ciertos mecanismos de supervivencia, para sufrir lo menos posible. Algunos de esos mecanismos son visibles, como los niños que pegna o muerden para sentirse valiosos; otros son invisibles, como los niños que suelen ser víctimas de otros niños, o los que se deprimen o pasan desapercibidos, o bien los que se enferman con demasiada frecuencia, logrando de ese modo obtener la mirada y la atención que siempre necesitaron.

En la medida que no estemos dispuestos a atender y satisfacer las necesidades naturales y legítimas de los niños pequeños, estamos induciendo a perpetuar las dinámicas violentas. Porque un niño no satisfecho, es un niño que insistirá por diferentes medios conquistar lo que necesitó genuinamente. Así crecerá, se convertirá en adolescente, en joven y en adulto: como un ser necesitado. Entonces golpeará a otros, robará, manipulará situaciones, se convertirá en víctima de otros, luchará por obtener lo que creerá imprescindible para su supervivencia emocional. Aunque habrá olvidado lo que siempre quiso pero no podrá conseguir, por más fuerte y poderoso que devenga: no podrá obtener más mamá.

Todas las formas de violencia que tanto nos preocupan, tienen un común denominador: la necesidad primaria no satisfecha. Cuando algo vital para la supervivencia emocional, no lo podemos incorporar, nos desesperamos. Y la desesperación por vivir, nos obliga a buscar modos de apropiarnos de lo que sea. Puede ser el deseo del otro, el cuerpo del otro, el prestigio del otro, o lo que sea que la conciencia perciba como alimento espiritual.

Por eso, si reconocemos nuestras propias limitaciones afectivas, nuestras incapacidades para reconocer el deseo del niño que es diferente al nuestro (y justamente por eso no lo toleramos); veremos que la dedicación, el altruismo y el tiempo de dedicación exclusiva hacia los niños pequeños, constituye la verdadera prevención contra todo tipo de violencias.

Los niños sostenidos, acariciados y respetados están en paz consigo mismos. No necesitan luchar por un territorio emocional, porque les sobra. No hay guerra interna o externa para librar. No les incumben las peleas. Los niños amparados y fusionados saben que obtendrán lo que necesitan. Esa es la experiencia cotidiana que repiten a cada instante y que conforman una rutina sin sobresaltos. Así se establece la seguridad interior y posiblemente ya no se mueva nunca más de las entrañas de esos seres. Sentirse seguros, amados, tenidos en cuenta, estables y con total confianza en ellos mismos y en los demás…será obviamente el tesoro más preciado para el despliegue de sus vidas.
Laura Gutman