CALEIDOSCOPIO

LAS BRUJAS NO SE QUEJAN VI Jean Shinoda Bolen

LAS ANCIANAS DEFIENDEN CON FIEREZA LO QUE MÁS LES IMPORTA

Gloria Steinem ha destacado en diversas ocasiones que las mujeres tienden a ser más conservadoras cuan­do son jóvenes, y que se vuelven rebeldes y radicales a medida que maduran, justo lo contrario de lo que les ocurre a los hombres. Las mujeres se convierten en compasivas ancianas despiadadas cuando se indignan ante el sufrimiento causado tanto por la indiferencia de los que tienen el poder como por sus responsables. compasión y rabia se unen ante la visión de gente ate­rrorizada, víctima de abusos, indefensa y marginada, cuya situación se considera irrelevante porque carece de poder o valor en un mundo en el que la avaricia y el poder sobre los demás, en lugar de la preocupación por d prójimo, es el principio dominante. Las ancianas, sin embargo, no son ingenuas, ni se niegan a asumir la realidad. Cuando algo en concreto es una atrocidad, y existe la posibilidad de intervenir, llega el momento de la verdad, y entonces nacen las activistas. El sufrimiento de los demás o la sensación de “¡Basta ya!” radicaliza a estas mujeres.

Las mujeres adoptan posiciones radicales por su ca­pacidad de compartir estados afectivos o emocionales. No les cuesta nada imaginar y experimentar lo que se­ría sentirse indefenso y ser víctima de malos tratos, sentimiento que, incluso, empeora por culpa de la in­diferencia de quienes podrían cambiar las cosas. La re­alidad, en lugar de la imaginación, podría convertirse en un espejo donde identificarse en un mundo en el que una de cada tres mujeres es apaleada o violada en algún momento de su vida, y donde la violencia diaria exige que las mujeres se muestren siempre alerta ante esta posibilidad.

Una anciana es una mujer que ha descubierto su voz. Sabe que el silencio es consentimiento. Esta cua­lidad precisamente es la que vuelve temibles a las an­cianas, porque no es la voz inocente de una niña que exclama: «el emperador no lleva ropa», sino la fiera sinceridad de la mujer madura, que es la voz de la rea­lidad. Tanto la niña inocente como la anciana ven a través de imágenes ilusorias y negaciones, o bien “dan un giro” hacia la verdad. Sin embargo, la vieja conoce la decepción y sus consecuencias, y eso la enfurece. Su fiereza nace en su propio seno, le infunde valentía y la convierte en una fuerza temible.

La fiera compasión de una mujer anciana es pro­ducto de la protección maternal de mamá oso que sien­ten los que se encuentran alejados de su familia más in­mediata. Entre los pueblos indígenas, “abuela” era un título de respeto que se otorgaba a las mujeres mayo­res, en una sociedad con consejos de ancianas sabias, mujeres que ya habían superado su época de materni­dad, con hijos propios adultos y cuya preocupación maternal se dirigía a todos los niños de la tribu y a las generaciones venideras. Todos sabemos que mamá oso protege con fiereza a sus cachorros; lo que ya no es tan conocido es el hecho de que también practica una for­ma de “amor endurecido” cuando los oseznos ya pue­den independizarse, pero prefieren que sea la madre la que les dé el sustento. La fiereza de la osa se manifies­ta y los persigue entonces hasta que tienen que encara­marse a un árbol. Al final, cuando deciden bajar, se en­cuentran solos, y si quieren alimentarse y sobrevivir, tendrán que emplear las técnicas que ella les ha ense­ñado. Es el poder excepcional de la madre osa, junto con su preocupación maternal, lo que inspira respeto y mie­do. Las criaturas más pequeñas, incluyendo a las ma­dres de la raza humana, poseen asimismo una naturale­za maternal y fiera, pero a menudo no ostentan el poder suficiente como para inspirar temor, ni son lo bastante fuertes como para proteger a sus crías. Sin embargo, y a pesar de que la fuerza bruta todavía es un factor a considerar en ciertas situaciones humanas, la civiliza­ción mide el poder en términos económicos y políticos.

En Occidente, las mujeres han ido ganando poder gra­cias a la educación y al hecho de que van ocupando cargos de autoridad, y los hombres empiezan a aprender que es un error infravalorar la pasión de una mujer por la justicia social y su capacidad de airear delitos.

Esas maldades que provocan la fiereza de mamá osa casi siempre implican un abuso de confianza y la ex­plotación de los demás. La situación se agrava cuando no se tiene en cuenta a una mujer, o se le aplica un cas­tigo cuando saca a la luz la información que posee. Esta traición mayúscula aviva en la anciana la firmeza y la fiereza en lugar de acallarla, como se pretende con tal actitud.

 

 

 

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