CALEIDOSCOPIO

Sanando en silencio


Hoy a la mañana como siempre baje a poner la pava al fuego y prender un sahumerio, acaricie a mi gato y mientras tanto mire a mi alrededor, aun no había aclaro y el silencio era total, me senté en el sofá y lleve todo ese silencio a mi interior, me quede allí unos cuantos minutos y lo sagrado se convoco en mi y todo mi cuerpo y mi alma se alimento de él y fue sanador, lo disfrute.

Volví a mis rituales de la mañana y aun así la casa está en un pleno estado de paz, hay velitas prendidas y de fondo se escucha una canción de sanación del Dalai Lama, y con la magia que tiene los días este libro apareció sobre una mesa  “El ocio y la vida intelectual” de Josef Pieper, un filosofo alemán, fenomenológico y metafísico, muy interesante, que llego a mí en épocas de adolescente y al abrirlo me recito esto:

“El ocio es una forma de ese callar que es un presupuesto para la percepción de la realidad; sólo oye el que calla, y el que no calla no oye. Ese callar no es un apático silencio ni un mutismo muerto. El ocio es la actitud de la percepción receptiva, de la inmersión intuitiva y contemplativa en el ser. El alivio confortante que nos procura la visión absorta de una rosa que se abre, de un niño que duerme, de un misterio divino, ¿no se asemeja al que conseguimos con un sueño profundo y tranquilo?”

Frecuentemente en el consultorio escucho las siguientes frases: , no tengo tiempo y menos para mí, el tiempo es oro, este es el momento para ser productivo, vivo a mil, corro de un lado a otro…cuál de todo esto será lo más importante para cada uno?.

Sacarse de encima las creencias que la sociedad impone es todo un caminito, que lleva tiempo, pero acompañado con amorosidad, paciencia y contemplación lo voy transitando. Aprendí a preguntarme de todo lo que tengo para hacer cuales son las cosas importantes, cuales las puedo ir haciendo de a poco, cuales son más parte de mi fantasía que de la realidad, y siempre en el día me dejo tiempo para hacer algo que me encante y sola, esta pequeña receta que comparto y apuesto que cada uno le dará su propia impronta me ayuda vivir como lo deseo, sin corridas, sin sobresaltos, fluyendo en calma. Para los que objetan les cuento que tengo una familia, animales, jardín, madre, sobrinos, amigos, trabajo mucho y de lo que me gusta, lavo ropa y cocino, pero muy especialmente aprendo todos los días como vivir con mejor calidad, como lo deseo y es una construcción que nunca se termina. Les dejo un fuerte abrazo.

Clr. Pupi Larroude

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PARA HACER JUNTOS

LAS ANCIANAS IMPROVISAN – Círculo de Mujeres


Hace días que estoy con este libro hermoso de Shinoda “Las brujas no se quejan” que me conectan con una parte de mi que nutro y animo a que se despliegue cada vez más, me inspira para mis actividades, me llena de energía y espero que para quien le interese este tema lo disfrute tanto como yo.

La mayoría de las ancianas podría definir la vida como una obra improvisada en constante proceso. Sin embargo, este momento de sus vidas en el que se en¬cuentran no fue el destino que planificaron. Podríamos decir que han sufrido muchas “encarnaciones” en esta vida, al mirar hacia atrás y contemplar las etapas, los lugares y las personas que fueron importantes para ellas en distintas épocas.

La cantante y actriz Madonna podría representar a ese modelo de mujer que se ha reinventado a sí misma, y éste es precisamente el caso de muchas mujeres, sobre todo de las que rondan los sesenta y crecieron con guerras y revoluciones sociales fundamentales que les influyeron en el ámbito perso¬nal. Jamás nos fue dado un sendero único por el cual caminar. Es bastante frecuente que las mujeres de esta gene¬ración se hayan casado más de una vez, hayan vivido en pareja y hayan tenido varios o muchos compañeros sexuales. Algunas tuvieron hijos pronto, y ya son abue¬las. Otras fueron madres tardías, cuando unas cuantas amigas de su misma edad entraban en una temprana menopausia. Hubo quien se volvió a casar y creó fami¬lias multiparentales.

Incluso hubo mujeres que adopta¬ron huérfanos de países extranjeros. Como mujer en edad madura es posible que nuestra familia de origen resida en algún punto geográfico muy distante del que vivimos en la actualidad. Quizá también llevemos una vida muy distinta a la de ellos. En función del estado civil y la circunstancia, a lo me¬jor hemos vivido en la pobreza o en la riqueza, nos las hemos apañado como madre soltera y desempleada, nos hemos casado con alguien rico, o hemos sido ma-dres burguesas… en distintas épocas de la vida. Inclu¬so es posible que hayamos creado nuestra propia em¬presa, o bien hayamos conseguido, y luego perdido, beneficios ficticios en Bolsa. Quizá nosotras mismas, o alguna mujer que conozcamos, vivamos o hayamos vi¬vido en una comuna o un ashram, formemos parte de un sangha budista, o nos hayamos convertido en sa¬cerdotisas protestantes.

A lo mejor accedimos a profesiones y empleos que en el pasado estuvieron vetados para el género femeni¬no, o a los cuales sólo accedían las mujeres con un pa¬pel simbólico; o bien hemos sido amas de casa toda la vida, o nos contrataron para un puesto de trabajo que tradicionalmente se reservaba a las mujeres. Puede que incluso nos hayamos quedado a residir en la ciudad na¬tal y hayamos estado casadas con un solo hombre con el cual formamos una familia. Con independencia del pasado, los cambios en ge¬neral se producen durante los años de vejez. Se inicia la jubilación, que puede durar más años que la vida la¬boral si aceptamos una jubilación anticipada y disfru-tamos de una larga vida. Las mujeres suelen sobrevivir a sus maridos, y convierten la viudez en una nueva eta¬pa muy completa. El nido ya está vacío, y los polluelos quizá han terminado viviendo muy lejos. La flexibilidad, el ingenio, una buena salud, amigos, la capacidad de aprender y seguir creciendo, sentirse necesaria o prestar algún servicio, poseer intereses cau¬tivadores, junto con la capacidad de disfrutar solas, son cualidades que nos ofrecen la oportunidad de improvi¬sar una buena vida. Gracias a la curiosidad y al espíritu aventurero hay ancianas que descubren todo un nuevo mundo de intereses. Algunas finalmente retoman lo que dejaron “en barbecho” durante décadas. Hay mujeres que florecen tardíamente en todos los aspectos de la vida. Cuando Mamá se convierte en viuda, por ejem¬plo, a menudo sus hijos adultos se sorprenden de lo in¬dependiente que se vuelve al constatar cuánto viaja, o con qué empeño se pone al frente del negocio.

La etapa de la vejez es una época en la que muchas mujeres buscan modos de “devolver”. Profundamente conscientes de las oportunidades que han tenido, las mujeres maduras engrasan las filas del voluntariado en todas las comunidades, son abogadas y activistas a to¬dos los niveles. Una anciana es ella misma. Acepta el cambio, apre¬cia lo que de bueno hay en su vida, se lamenta por lo que muere o pierde vitalidad, pero sigue adelante. Su identidad no queda definida por el papel social o profe¬sional que representa; la actividad que lleva a cabo y la persona con quien comparte su vida son expresiones de su misma persona, no de su identidad. Cuando llega la hora de poner fin a una etapa de su vida, sabe hacerlo, lo cual le permite iniciar una nueva fase. La verdad es que ella no se inventa a sí misma de un modo intencio¬nado; más bien improvisa, se adapta al cambio, reac¬ciona ante lo que compromete su energía. Si la metáfo¬ra fuera la música, el instrumento sería su persona, y el profundo tema de su melodía, el que imita los latidos de su corazón. Cada etapa es como un movimiento dis¬tinto de una obra fundamental, con variaciones sobre el mismo tema. Mientras la música no cese, las mujeres maduras no dejarán de improvisar.

PARA HACER JUNTOS

Las ancianas escuchan su cuerpo Círculo de Mujeres


Anciana, confieso que me costó darle una vuelta a esta palabra, desde mi sentía que era algo lejano, luego entendí la propuesta de Shinoda, en este libro maravilloso La brujas no se quejan, anciana como sinónimo de sabia, sabiduría, de experiencia, de mirar al mundo con compasión, con amor, sinónimo de que conozco el ritmo de mi corazón y puedo danzar, y en esta vueltas que di reconocí que es mi profundo deseo, experimentar y acompañar cada etapa de mi vida desde este lugar, declaro a viva voz: “Todos los días de mi vida intención y dedico tiempo y amor en ser la anciana que deseo para mí”. Este 2 de Julio por a tarde en el barrio de Palermo realizamos nuestro Círculo de mujeres, envueltas con la energía de luna nueva, una energía fértil para parir sueños, proyectos, una mirada diferente sobre mí. Quizás para que cada una si lo sea comience a planear su recorrido a ser anciana. Les dejo un abrazo fuerte.

Por lo general, es cierto que prestamos atención a nuestra apariencia externa y que, como siempre, nos da­mos cuenta de las partes del cuerpo que más nos disgus­tan. Es nuestro deber, sin embargo, estar a bien con algo más que con la mera apariencia del cuerpo a medida que vamos madurando; lo cierto es que, si no escuchamos a nuestro cuerpo y no prestamos atención a nuestras nece­sidades y a los placeres físicos, este vehículo, que re­quiere de una buena conducción para llevarnos por una vida cómoda y larga, nos limitará en cambio la actividad y la posibilidad de transformarnos. Además, si escucha­mos al cuerpo, veremos que a menudo nos enseña a prestar atención a algo importante que, de otro modo, se nos escaparía o ignoraríamos. Una anciana aprende que satisfacer lo que desean tanto el cuerpo como la psique nos aporta una sensa­ción de bienestar; por ejemplo, cuando una mujer que quiere bailar busca tiempo para dedicarse a ello. Si el baile es alegría, liberamos endorfinas, priorizamos el placer y disminuimos el dolor y los sufrimientos. La sensación del tacto deseada es otra cosa que alimenta cuerpo y psique y que nos hace sentir un cosquilleo de placer. A los cuerpos también les gustan los orgasmos.

Una clase de baile, un masaje aplicado con cierta regu­laridad, los animales domésticos o un vibrador, son co­sas que se encuentran al alcance de una mujer madura; por tanto, ¡prohibido quejarse por no tener un marido que baile o un amante! Hay cuerpos que anhelan la ca­ricia del sol. Otros desean sentir el viento o el cortante aire de la montaña. Viajar o caminar confiere energía a algunos cuerpos. En resumen, una anciana escucha su cuerpo como si fuera la extensión de su psique. Cuando los dos se muestran unidos en función de lo que intere­sa o se desea, las imágenes, las emociones y los recuer­dos se entrelazan con sensaciones y actividades físicas. La psique y el cuerpo son uno solo. Hay muchas mujeres maduras que también apren­den a escuchar su cuerpo, del mismo modo que ciertas personas se muestran en sintonía con las vibraciones y los sonidos de sus automóviles, saben decir cuándo hay algo que “no marcha bien” y lo que debería arreglarse. Se trata de molestarse en prestar atención, que para muchos es algo que tan sólo se hace cuando aparecen los problemas. Para otros, en cambio, escuchar es su segunda naturaleza. El cuerpo también expresa sentimientos, y si no permitimos que las emociones emerjan a la luz en cali­dad de sentimientos, aparecerán en forma de dolor o síntomas físicos. Lágrimas de sufrimiento sin derra­mar, la reacción ante un aniversario…

El cuerpo re­cuerda las fechas cargadas de emociones cuando la mente ya las ha olvidado. La rabia ignorada, el resenti­miento, la hostilidad o la tensión resultante del miedo o la ansiedad, pueden aflorar como dolor o sufrimien­to, en forma de un ataque de asma, un trastorno intesti­nal, insomnio o erupción cutánea. Una anciana escu­cha el mensaje que se oculta entre los sentimientos y el cuerpo; y este mensaje le lleva a buscar una respuesta interior a la pregunta “¿qué está pasando?” cuando un síntoma físico que le resulta familiar reaparece. Una mujer madura también presta atención a las po­sibles percepciones corporales: interpreta lo que éstas le dicen sobre las personas y las situaciones. ¿Hacia quién te sientes atraída físicamente? ¿Ante quién das un paso atrás cuando se te acerca? Tener la carne de ga­llina, apretar las mandíbulas, ruborizarse, o notar que se te ponen los pelos de punta, son mensajes especial­mente importantes que debemos interpretar, pues en el momento en que surgen el cuerpo nos está diciendo algo. El aspecto externo que una anciana pueda tener no necesariamente le ha de importar. Lo que cuenta es que su valía como mujer y ser humano no dependa de eso. Después de la menopausia, los efectos de la gravedad en general se vuelven más palpables. Todo tiende a colgar y a perder firmeza.

Cosas como, por ejemplo, la belleza saludable de alguien que está en forma y tiene buena salud, un guiño, una sonrisa auténtica y la risa espontánea, contribuyen a hacer que una persona sea atractiva, independientemente de la edad que tenga. Sin embargo, las mujeres maduras que desean parecer jóvenes, porque es así como se sienten, desearán tra­tarse las arrugas y las bolsas bajo los ojos, mientras que a otras, en cambio, les encantarán esas mismas arrugas, el pelo cano o blanco, y disfrutarán parecien­do abuelitas o ancianitas sabias.

Clr. Pupi Larroudé