CALEIDOSCOPIO

Nosotras que nos queremos LAS ANCIANAS DECIDEN SU CAMINO CON EL CORAZÓN

Las ancianas son mujeres que aprendieron de su propia experiencia y que saben aplicar las enseñanzas pasadas en el presente. Ver las consecuencias de sus actos les ayuda a aprender determinadas lecciones que asumirán a pies juntillas. Son mujeres apasionadas, va­lientes o de rectos principios que, sin embargo, en el pasado no fueron conscientes del daño que podían cau­sar actuando impulsivamente. Como dijo en una oca­sión una mujer arrepentida: «Todo me daba igual».

El miedo a ser un pelele o la fantasía de dejarse arrastrar imperaba en sus vidas, o incluso puede que in­terpretaran la advertencia de mostrarse prudentes como un reto o un desafío. Sólo más tarde comprendían lo mucho que ellas mismas y otros seres inocentes sufrían al mantener tal actitud. Se habrían podido evitar graves consecuencias si tan sólo las mujeres hubieran ido más despacio y actuado de manera más reflexiva a la hora de tomar una decisión. También aprendieron la lección aquellas mujeres que se dejaron convencer y abando­naron lo que para ellas era importante en el pasado, y, ahora ancianas, se niegan a ser manipuladas o empuja­das a actuar según los dictados de otro.

Las ancianas saben que se encuentran en una en­crucijada y saben igualmente que la decisión que to­men les costará sacrificar alguna de las distintas alter­nativas. Elegir un camino significa abandonar el otro. Cada decisión fundamental posee sus propias y con­cretas características: lo concreto difiere, pero lo esen­cial permanece igual. Hemos de conocernos a nosotras mismas y saber en todo momento qué es lo que nos importa con el fin de elegir sabiamente.

Seguir un camino trazado con coraje, mantenernos despiertas y estar satisfechas son conceptos relaciona­dos entre sí. He utilizado las enseñanzas que don Juan imparte a su aprendiz Carlos Castañeda desde que las leí, allá por los años sesenta. Mi versión es la siguien­te: Existen muchos caminos entre los que elegir, pero ni uno solo lleva a ninguna parte. No obstante, debe­mos escoger con muchísimo cuidado qué sendero to­mar. Si elegimos uno con el corazón, quizá sea difícil, pero imperará la alegría y, mientras viajemos, madu­raremos y llegaremos a identificarnos con él. Si esco­gemos un camino por miedo, en cambio, la angustia será nuestra compañera de viaje, y nada importará el poder, el prestigio y las posesiones que consigamos, porque todo eso nos hará sentirnos limitados.

Ya lo dice el refrán: es el viaje, y no el destino, lo que im­porta.

La idea de que somos seres espirituales que segui­mos un camino humano en lugar de seres humanos que quizá siguen una senda espiritual, me ha intrigado des­de el día en que pasó a formar parte de mis pensamien­tos. Si poseemos un alma inmortal y si la vida tiene un propósito, ¿por qué estamos aquí? ¿Acaso cada uno de nosotros debe encontrar una respuesta personal a la cuestión: «¿Qué es lo que hemos venido a hacer?».

¿Podría encontrarse el amor en la raíz de cada una de las preguntas relacionadas con el significado de una vida en concreto o un momento especial? Ser humano es amar y, por consiguiente, ser vulnerable a la pérdida y al sufrimiento. ¿Acaso el sufrimiento que sentimos y el que causamos podría ser el medio a partir del cual aprender? La curación y el perdón, ¿podrían formar parte de ese camino? ¿Tal vez la confianza y la valentía sólo aparecen cuando corremos el riesgo de sufrir una pérdida? ¿Podría aumentar la compasión a través de ex­periencias humanas compartidas? ¿Es posible que nuestro modo de reaccionar frente a lo que no podemos impedir constituya una parte de esta historia? ¿Serían válidas entonces estas dos preguntas: «Qué hemos ve­nido a aprender» y «Quién o qué hemos venido a amar»?

Son cuestiones que ¡ojalá! podamos responder co­rrectamente al final de la vida. También son cuestiones que nos podemos plantear en cada una de nuestras re­laciones o compromisos fundamentales. (¿Qué he venido a hacer: aprender, amar o curar?) Son preguntas que, en realidad, sólo la persona implicada puede res­ponder.

Ser humano supone una experiencia corporal y aní­mica, única para cada persona. Desde el punto de vista físico no hay nadie igual a otro. Cada uno de nosotros posee su propia historia, que es única, y la realización de esta historia entrará en relación directa con el hecho de si hemos elegido el sendero con el corazón. Venimos al mundo con una personalidad determinada: nuestra manera de ser innata se advierte ya en la infancia.

Las aficiones las vamos desvelando a lo largo del camino como reacción frente a lo que nos encontramos. ¿Con qué recursos hemos llegado al mundo? ¿Qué es lo que encontramos fascinante? ¿Qué nos proporciona ale­gría? ¿Qué es eso que sabemos que nos importa pro­fundamente? Si somos seres espirituales que seguimos un camino humano, las respuestas a las preguntas que conforman el viaje no proceden del exterior, ya que la sabiduría se encuentra en nuestro interior.

La senda exterior que tomamos es el conocimiento público, pero el camino del corazón es interior. Los dos se unen, sin embargo, cuando la persona que so­mos y que dejamos ver en el mundo coincide con quien somos en lo más profundo de nuestro ser. A medida que nos volvemos más sabias, somos más conscientes de que las encrucijadas importantes del camino, en ge­neral, no se basan en elecciones que aparecerán reco­gidas en los anales públicos; son decisiones y luchas que tienen más que ver con haber elegido el amor o el miedo, la rabia o el perdón, el orgullo o la humildad. Son elecciones que modelan el alma.

En la Grecia clásica, en los cruces importantes o en las encrucijadas más representativas de la carretera, el viajero podía encontrarse con una estatua de Hécate, la diosa de las encrucijadas, una imagen curiosa con tres caras, que simbolizaban su capacidad de ver las tres di­recciones a la vez. La diosa podía ver el sendero que te había conducido hasta ella, y miraba hacia los dos ca­minos que podías tomar. Era una anciana, cuyo símbo­lo también era el de la luna menguante. Es asimismo una imagen de esa faceta sabia de nosotras mismas que ha aprendido a partir de la experiencia y la observa­ción, que escucha lo que sabemos intuitivamente y que tiene en cuenta la realidad, a nosotras mismas y el bie­nestar de los demás antes de actuar. Una mujer que se ha vuelto más sabia, así como más madura, es cons­ciente de hallarse ante una importante encrucijada en el camino.

Tal vez sea el momento de la verdad: cual­quier cosa que diga provocará un impacto, y una vez se haya pronunciado, no podrá volverse atrás. Quizá se trate de una ocasión para elegir: “votar con los pies” o “lanzarse desde un precipicio”, y después ya nada vol­verá a ser como antes. Es posible que se trate de un ob­jetivo que pretende llevar a cabo: desprenderse del pa­sado y perdonar.

Si te encuentras en un cruce de caminos, deseo que sepas cuál es el sendero que entronca con tu corazón, y que tengas la valentía de seguirlo.

Autora: Jean Shinoda Bolen,  LAS BRUJAS NO SE QUEJAN

Imagen de cuadros de Georgia O’Keefe

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