CALEIDOSCOPIO

LAS ANCIANAS MEDITAN A SU MANERA by Shinoda Bolen


LAS ANCIANAS MEDITAN A SU MANERA

Muchísimo antes de que los gurus llegaran a Estados Unidos con los mantras y la meditación, las mujeres que se preparaban para ser ancianas, así como las mismas ancianas, encontraban el momento y el modo para meditar. Llamémosle “lavar los platos y mirar por la ventana”, “doblar la ropa y pensar”, “soñar despierta” o “no hacer nada”. A lo mejor empezó como aquel ratito en que una se tomaba una taza de café o té en silencio antes de que la casa despertara y comenzara el alboroto que sólo se daba por concluido cuando lográbamos que todos salieran por la puerta. Puede que fuera lo que hacíamos al pasear, o incluso lo que nos sucedía atrapadas en ese atasco diario. En ese momento nos venía a la mente una idea, o veíamos en todo su esplendor algo bonito, o bien recordábamos un sueño o una conversación. Era una especie de reunión interna cuáquera de duración indefinida en la cual el silencio invitaba a rememorar pensamientos, imágenes y sentimientos en un lugar más espacioso, situado en la mente o el corazón, observarlos, cuestionarlos o valorarlos por encima. Las mujeres que se preocupan sin cesar no meditan en absoluto. Insistir en mantener conversaciones del tipo “ella me ha dicho o él me ha dicho” o albergar pensamientos catastrofistas no es meditar. La meditación no es preocuparse o rememorar dolores y resentimientos pasados, ni siquiera confeccionar listas de propósitos. El foco de atención, en tales casos, es interior, aunque no existe espacio abierto alguno donde albergar pensamientos y asociaciones mentales, y tampoco para que resurjan sentimientos e imágenes que podamos observar sin sentirnos vinculadas a las preocupaciones, la culpa o la rabia. En la actualidad se enseña la introspección, pero muchas mujeres la llevan a cabo de un modo natural. Si te gusta disfrutar de tu propia compañía, valoras el tiempo que pasas sola y descubres, a medida que envejeces, que pareces haberte vuelto más introvertida, es muy probable que hayas estado practicando tu propia forma de meditación. Quizá el término “piadosas” es el que describe con mayor precisión lo que hacen las ancianas. Guardar algo en el corazón y sopesarlo es una forma de meditación. Guardar a alguien en el corazón sin ningún tipo de sentimiento posesivo, también lo es. A medida que envejecemos la lista de personas que ya han muerto y todavía recordamos se va alargando. En los momentos que dedicamos a la meditación, las abrazamos con ternura desde el fondo de nuestro ser (en aquel lugar del pecho donde colocamos las manos instintivamente, una sobre la otra, en un gesto que significa: «te aprecio muchísimo» o «te quiero»). La piedad y la meditación se alían en el instante en que vemos y valoramos de verdad algo bello, y en ese momento mandamos algo parecido a una oración en forma de postal de agradecimiento mientras le abrimos la puerta a belleza. Disponer de momentos de silencio en nuestra vida diaria resulta cada vez más difícil, incluso en esta tercera etapa de la vida. Muchas ancianas dedican un tiempo a la meditación, bien como práctica espiritual, o bien como una forma de disminuir el estrés y alejarse de casa y del lugar de trabajo con el propósito de estar solas y acompañadas de muchísimas otras personas que las dejan tranquilas. La vida interior va ganando importancia a medida que maduramos. Durante las primeras etapas de nuestra existencia, nos dedicamos a explorar el mundo con los sentidos, dirigimos hacia el exterior, hacia lo que podemos ver, tocar, oler o saborear, cualidades todas ellas que van mermando a medida que pasan los años. Con la edad echamos mano de lo que ya hemos experimentado. Por lo general, disponemos de más tiempo en el que desarrollar nuestra vida interior; y dormir menos de lo habitual es algo que nos proporciona hojas extra. Adquirimos conciencia de las cosas cuando nos deleitemos a fijarnos en los comportamientos y a ver los acontecimientos con mayor distancia que cuando estábamos plenamente implicados en ellos. A través de esa reflexión, nuestro estado de sabiduría aumenta. Cuando dedicamos esos momentos a la reflexión, vemos la importancia de la persona, y no su apariencia exterior, y nos damos cuenta de que, cuando las personas actúan de un modo determinado, sus actos tienen que ver más con ellas que con nosotros. La experiencia se comporta como una maestra en nuestros años de juventud. Almacenada en bits de memoria, se convierte en un recurso interno, una colección particular de recuerdos sagrados que veremos desde una perspectiva distinta a lo largo de la vida, sobre todo en los momentos de reflexión, aquellos en los que nos sorprendemos rememorando sucesos y personas del pasado que todavía conservamos en el corazón. Es entonces cuando vemos las relaciones, las ideas y los acontecimientos pasados a la luz de una conciencia más sabia. Desde el punto de vista del alma, en esos momentos de silencio (cuando “no hacemos nada” o meditamos a nuestra manera) es cuando los pensamientos creativos, las intuiciones y los sentimientos más valiosos emergen.

by Shinosa Bolen de su libro Las Brujas no se Quejan

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LAS ANCIANAS CONFÍAN EN LOS PRESENTIMIENTOS by Shinoda Bolen


LAS ANCIANAS CONFÍAN EN LOS PRESENTIMIENTOS

Las ancianas confían en su instinto por lo que respecta a personas y principios. Es una confianza que aumenta a medida que una se vuelve más vieja y más sabia, es decir, que aumenta a partir del aprendizaje de la vida. Una dolorosa lección tomada a pecho hace mella en nosotras. La mujer madura se reirá con tristeza ante el agudísimo comentario de Isabel Allende, que pone en boca de una abuela que sale en su novela La ciudad de las bestias: «La experiencia era aquello que aprendiste justo después de necesitarla». (¡Amén a eso!) Al revisar todo lo aprendido, son muchas las mujeres que se dan cuenta de que apenas contaban con pistas que les sugirieran que estaban viviendo situaciones potencialmente peligrosas, o bien que fueron impulsivas e irresponsables. Incluso hay quien reconoce que mostró indiferencia frente a un sentimiento incómodo, o hizo caso omiso de la punzada del miedo, y que en lugar de mostrarse maleducada, alocada, esnob, interesada, egoísta o ignorante, eligió convertirse en una víctima. Una mala experiencia proporciona una buena dosis de sabiduría a la mujer que se convierte en anciana: esto es una nueva forma de discriminar a la mujer que no se ha vuelto más sabia gracias a la experiencia. A medida que maduramos, poseer el suficiente instinto como para saber en quién confiar y de quién no fiarse resulta especialmente importante. Hay estafadores que buscan su presa entre las mujeres ancianas a las que con correspondencia engañosa y llamadas dulzonas intentan vender gangas. La falta de sinceridad de la expresión “confíe en mí” reina por doquier. Por suerte, confiar en nuestros instintos es algo que mejora con la práctica. La mujer que presta atención a la anciana que lleva en su interior puede mostrarse educadamente grosera y decir: «No, gracias», para, acto seguido, colgar al interlocutor de turno sin escuchar ni una palabra más. Puede cambiar de médico o abogado, o bien buscar una segunda opinión cuando “presiente” que es necesaria otra consulta. No contrata a nadie, ni lo mantiene en su puesto de trabajo, cuando percibe una cierta incomodidad, o advierte que se trata de un carácter negativo. Hace caso de la sensación que la embarga cuando siente que corre peligro si se queda donde está, o bien reconoce que algo pasa cuando manipulan sus sentimientos. Una mujer sabia se conoce a sí misma, y la experiencia le ha enseñado a prestar atención a esta clase de mensajes que provienen de ella. Conoce la diferencia entre tropezarse con una señal de advertencia y ser por naturaleza cautelosa. La intuición de la mujer ha sido muy calumniada. Es una forma de sabiduría que tiene que ver con los seres vivos, las plantas, los animales, las personas, la enfermedad, el nacimiento y la muerte. También está relacionada con el hecho de mostrarse receptiva a la energía y a otros dominios invisibles. Una mujer normal y corriente que asiste a una persona moribunda echa mano de la sabiduría de la anciana pues sabe de un modo instintivo o intuitivo lo que tiene que hacer. Esto guarda cierto paralelismo con un gran número de madres primerizas que son sabias en un sentido materno, algo que es tan común y que pasa inadvertido, hasta que una madre joven se niega a seguir el consejo de una autoridad en la materia porque una vocecita interior le dice que eso, en concreto, no le conviene a su hijo. Las credenciales y las recomendaciones son algo que las ancianas valoran y tienen en cuenta a la hora de tomar una decisión y depositar su confianza en alguien que vaya a cuidar de ellas, de su salud y de sus bienes. Se basan en la capacidad, la personalidad y la compasión que advierten en sus cuidadores y directores, pero también en algo más que “parece que encaja” en estas personas. Es una conexión anímica o, como diría el filósofo Martin Buber, una relación «tú y yo», que es ese profundo conocimiento intuitivo recíproco que se produce cuando dos almas se encuentran. Elegí el título Cióse to the bone (Cuando pasa de castaño oscuro) para un libro que escribí sobre enfermedades terminales porque sabía que la perspectiva de la muerte despierta las fibras más sensibles de los pacientes y de aquellos que los aman; y además conecta con su alma. A veces, la gente necesita sufrir una enfermedad terminal para darse cuenta de ello, y en ocasiones sólo durante los últimos meses o años de la vida de una persona el alma brilla y se refleja a través de la transparencia de un cuerpo enfermo. La ausencia de palabras para denominar algo obstaculiza su evolución, y eso es lo que consigue la denigración de las palabras que van asociadas a las mujeres. Nos vendría bien, para profundizar en el tema, aprender un poco de griego. Los griegos poseen dos palabras para denominar el conocimiento: logos y gnosis. Lo que aprendemos a través de la educación y la investigación científica es logos. Lo que, en cambio, aprendemos gracias a los sentimientos intuitivos y las experiencias místicas o espirituales es gnosis. El logos es racional, objetivo, lógico, expresable en palabras o números, mientras que la gnosis es subjetiva, no racional, no verbal, dotada de matices, expresable a través de la poesía, las imágenes, las metáforas y la música, y a menudo no es demostrable por naturaleza. Cada experiencia sagrada es subjetiva: el sentido de unicidad con el universo, o bien con la divinidad, la adoración espiritual, un momento intemporal inspirado por la belleza, la captación del momento espiritual y la gracia son gnosis. Indescriptibles, aunque profundamente transformadoras, son las experiencias anímicas. Las ancianas confían en su voz interior a partir de experiencias como éstas.

by Shinosa Bolen de su libro Las Brujas no se Quejan

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LAS ANCIANAS TIENEN MANO PARA LAS PLANTAS by Shinoda Bolen


 

LAS ANCIANAS TIENEN MANO PARA LAS PLANTAS

Si eres una mujer de edad y atrevida, quizá no seas jardinera, pero sin duda alguna tendrás mano para las plantas. Las ancianas se encuentran en la fase creativa de la vida, la época de propiciar el crecimiento. Las plantas y las personas reaccionan ante esas ancianas de mano experta. (Como también reaccionaría el planeta mismo si un número importante de mujeres maduras se aplicara en esta tarea.) Las ancianas alimentan el crecimiento. Quitan muy bien las malas hierbas. Podan. Saben que las diferentes plantas y personas necesitan condiciones distintas para fructificar. Protegen todo aquello que es vulnerable hasta asegurar su supervivencia. Las ancianas han aprendido a tener paciencia y pueden esperar el paso de las estaciones. Saben que lo pequeño deviene grande, que hay cosas que pueden florecer o dar fruto antes de morir. La jardinería es una metáfora, pues representa lo que podríamos hacer en realidad en un ámbito más personal. Trabajar con las manos, cavar la tierra para introducir en ella las plantas de cultivo o las semillas, sentir el sol y la brisa, quizá incluso sudar y ensuciarse, son placeres tan intensos, si no superiores, como el hecho de comer tomates maduros o poner un ramito de flores recién cortadas en casa. Si te encanta la jardinería (o cualquier otra cosa que te llegue al alma), pierdes la noción del tiempo, y el momento presente te absorbe. Es esa misma cualidad la que marca la diferencia entre lo que te alimenta, o te da energía, y lo que te deja vacía. Una tarea que para alguien puede ser pesada es divertida para otro. Una profesora, terapeuta, editora, maestra, directora o madre, o incluso una clarividente que sepa desarrollar el potencial del otro, dotadas todas ellas de mano experta, son como las jardineras que aman su trabajo: saben reconocer lo frágil y titubeante y comprenden que deben tratarlo con ternura, ven lo que posee algún valor y tiene pleno sentido, y también lo que debe ser eliminado en la poda con las tijeras. La gente crece y florece contigo cuando se dan estas condiciones; y a ti, al mismo tiempo, también te influye esa presión que te desafía a madurar. A medida que las mujeres inician sus años de vejez la implicación en esta tarea irá cambiando. Los hijos se convierten en adultos independientes, llega, o planea en el horizonte, la jubilación, mudarse es una opción o una necesidad, y suceden acontecimientos predecibles e impredecibles. No es sólo que cambien las circunstancias externas; los pensamientos, los sentimientos y los sueños también pueden modificarse y cambiar. Muchas mujeres sienten la atracción de la soledad llegado este momento, y quieren dedicarse a reflexionar, expresarse, desarrollar su vida interior, o simplemente quieren tomarse un tiempo libre, al margen de los demás. Es necesario, sobre todo, disponer de tiempo interior cuando comienza una nueva etapa de tu vida. Una anciana almacena y decide cuáles serán las dimensiones de su jardín, y lo que plantará en él, cuando llegue su estación. Las mujeres siempre han tenido que hacer malabarismos con los distintos papeles que encarnan. Eso era innegable cuando la mayoría eran amas de casa y madres a dedicación completa; y en la actualidad, que las mujeres además poseen un trabajo o ejercen una profesión, eso es más cierto que nunca. La vida de una mujer siempre requería flexibilidad y el dominio de diversas habilidades, pero la vida tradicional como tal era mucho más predecible. La generación de las mujeres que crearon el Movimiento para la Liberación de la Mujer se benefició de las oportunidades que aquello generó, abrieron nuevos caminos. No disponían de la posibilidad de seguir otras pisadas, y tampoco podían fijarse demasiado en la senda que siguieron sus madres. Nos convertimos en el modelo que había que seguir en lo que a distribución de papeles se refería, en refugios de esperanza, cajas de resonancia, y en apoyo y consuelo expertos que nos dedicábamos las unas a las otras. Ser una mujer que cuenta con buenas amigas es desde hace muchos años como participar en una terapia de grupo sobre supervivencia en la que se cuentan las experiencias vividas. Nosotras aprendimos a partir de las historias que vivieron esas amigas, y al mismo tiempo vivimos nuestro propio experimento. Es ahora cuando nos damos cuenta de que nos hacemos viejas. Durante los años más significativos de la madurez son muchas las mujeres sabias que, aunque aman su profesión, deciden trabajar menos, escogen respecto a sus proyectos futuros o se centran en objetivos más ambiciosos y creativos. Para otras, en cambio, la jubilación puede ser liberadora. Por fin, contamos con tiempo para nosotras mismas, para nuestros objetivos, para desarrollar la creatividad, los pasatiempos y las aficiones. Las mujeres asalariadas que tenían que trabajar cuarenta horas por semana, tomar el tren cada día y ocuparse de la casa debían de tener muy poco tiempo disponible, o una renta modesta, y, sin embargo, ahora que son ancianas cuidan de su propio jardincillo, cultivan sus aficiones y recogen las semillas de los diversos planes para plantarlos. Finalmente les ha llegado la hora, a ellas y a nosotras. La jardinería requiere atención. Existen plagas insignificantes y grandes plagas destructivas contra las cuales tenemos que tender una barricada. Donde yo vivo, por ejemplo, las familias de alces contemplan nuestros jardines como si fueran restaurantes. En cuanto a los jardines metafóricos, la amenaza, por lo general, viene bajo la forma de bípedo. Como ya saben desde hace tiempo las mujeres que trabajan en casa, si no construimos unos límites sólidos que protejan nuestro propio tiempo, los demás dan por sentado que pueden entrometerse en nuestra vida priorizando sus necesidades. Cuando nos jubilamos, la habilidad de mantener intactos nuestros límites es absolutamente necesaria. El jardín que somos nosotras es el que necesita, más que ningún otro, disponer de buena mano para las plantas y de vallas muy resistentes.

by Shinosa Bolen de su libro Las Brujas no se Quejan

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LAS ANCIANAS SON ATREVIDAS by Shinoda Bolen


LAS ANCIANAS SON ATREVIDAS

Una anciana es una mujer madura con entusiasmo, pasiones y alma. Si aspiras a ser una de ellas, has de saber que el secreto está en ti misma, siempre y cuando la mente, el corazón y el cuerpo todavía sigan funcionando razonablemente bien, y por tu parte valores el hecho de estar viva. Hablando en sentido metafórico, las tres fases lunares (creciente, llena y menguante), las tres fases de la diosa antigua (doncella, madre y anciana) y los tres indicadores biológicos de la menarquía, la menstruación y la menopausia, dividen la vida de las mujeres como si se tratara de una obra de teatro en tres actos. Hemos llegado, pues, al tercer acto, y el telón bajará cuando éste finalice. En el tercer acto quizá tratemos de enhebrar el significado de las anteriores etapas de nuestra vida, y con ello nos encontremos absortas en algo nuevo. Alcanzamos conclusiones y desenlaces; unas puertas se cierran, pero otras se abren. Sin tener en cuenta los detalles más concretos, lo que da sabor a la vida es estar profundamente implicada en ella. Puede que seas una anciana atrevida que ha descubierto la riqueza de la soledad y puede que disfrutes de una vida y un espacio propios, sabiendo que sólo tienes que agradarte a ti misma. A lo mejor eres una anciana atrevida, dispuesta a abrir tu hogar y tu corazón a muchísimas personas, y cuya vida incluso podría erigirse en pilar central de la actividad de una comunidad. Quizá seas una mujer de edad avanzada y atrevida que ha encontrado un amante más joven. Igual estás casada con la persona adecuada (“adecuada” respecto a tu manera de ser y a lo que deseas de la vida). Podría ser que contemplaras el mundo desde la perspectiva de una turista, una peregrina o una voluntaria de una ONG. Es posible que te dediques a leer y aprender acerca de todo aquello que te interesa conocer. Quizá seas una activista que trabaja para conseguir mejorar un poco el mundo. Tal vez te encuentras en una fase creativa de la vida, o bien te encanta pasar el rato con tus nietos, o no, claro (lo cual dependerá mucho de cómo sean ellos, y de como seas tú también). Otros pensarán (e incluyo a tus nietos) que estás fuera de lugar y que eres caprichosa o excéntrica porque puedes mostrarte auténtica y no te conformas con el estereotipo que, según ellos, tiene que regir “a una mujer cabal de tu edad”. Es posible, por otro lado, que descubras que te has convertido en el modelo inesperado que inspira a mujeres más jóvenes que tú, cuyas madres sí que encajan con ese estereotipo. Cuando escribí Las diosas de la mujer madura: arquetipos femeninos a partir de los cincuenta, era muy consciente de que “anciana” no era una palabra convencional que pudieran aceptar las mujeres que pasaban de los cincuenta. “Mujer madura”, sin embargo, ya sonaba diferente. La yuxtaposición de estas dos palabras parecía tanto una contradicción, en lo relativo a sus términos, como una feliz posibilidad; “seca y vieja”, a fin de cuentas, eran los adjetivos más habituales asociados a “anciana”. “Madura”, en cambio, nos trae a la mente metáforas que tienen que ver con la humedad y la jugosidad. El significado positivo de la palabra “madurez” implica placer. Es como decir que la mujer que la posee está conectada a una fuente de electricidad o energía, o bien que tiene la capacidad de provocar que determinadas cosas ocurran. Lo que en verdad nos revitaliza es el amor incondicional, que es la única fuente de energía que jamás se agota; al contrario, cuanto más entreguemos, con mayor cantidad contaremos. En la naturaleza, la vitalidad (el estar vivo) significa que existe una fuente de agua que alimenta un nuevo crecimiento y conserva la vida, que es húmeda. La humedad metafórica y el fluir, tanto para la salud física como para el bienestar emocional, también son esenciales. Los sentimientos genuinos y su expresión sin trabas son húmedos. En períodos de dolor, las lágrimas de pesar fluyen. En la risa y la alegría desinhibidas, las lágrimas fluyen. Implicarse en la vida y comprometerse con ella es una proposición madura. Cada mujer madura recurre a una fuente o a un acuífero profundo lleno de significado que se halla en su mente.

by Shinosa Bolen de su libro Las Brujas no se Quejan

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UNA NUEVA MANERA DE ENFOCAR LA PALABRA “ANCIANA” by Shinoda Bolen


La palabra “anciana” posee reminiscencias medievales, e incluso un matiz malicioso si sugerimos que una mujer puede aspirar a convertirse en una de ellas. No es a lo que alguna de nosotras aspiró a ser durante su juventud, pero aquello ocurría cuando las mujeres mayores jamás decían su verdadera edad, y antes de que éstas se manifestaran como personas de pleno derecho, o vivieran tantos años como nosotras en la actualidad. Nosotras, las de la generación del Movimiento para la Liberación de la Mujer o las beneficiarías de éste, seguimos disfrutando de oportunidades que jamás tuvieron las generaciones que nos precedieron (y que se remontan a la antigua Grecia). Hemos ido reaventándonos en cada etapa de la vida. Ahora, en cambio, sugiero que ha llegado el momento de rescatar y redefinir el término “anciana” entre el montón de palabras despectivas que se utilizan para denominar a las mujeres maduras, y conseguir que la acción de convertirse en “bruja” sea un supremo logro interior característico de la tercera fase de la vida. Convertirse en anciana tiene que ver con el desarrollo interior, y no con la apariencia externa. Una anciana es una mujer que posee sabiduría, compasión, humor, valentía y vitalidad. Es consciente de ser verdaderamente ella misma, sabe expresar lo que sabe y lo que siente, y emprender una acción determinada cuando es necesario. No aparta los ojos de la realidad, ni permite que se le nuble la mente. Puede ver los defectos y las imperfecciones en ella misma y en los demás, pero la luz con la que los ve no es severa ni enjuiciadora. Ha aprendido a confiar en sí misma hasta saber lo que ya sabe. Las cualidades de la anciana no se adquieren de la noche a la mañana. Una persona no se convierte en una anciana hecha y derecha automáticamente después de la menopausia, así como tampoco por el mero hecho de volverse vieja una se vuelve más sabia. Sin embargo, hay unas décadas tras la menopausia en las cuales podemos crecer psicológica y espiritualmente. “Las brujas no se quejan” es una identificación fundamental. Es una “norma” básica que describe la conducta impropia de una anciana. Quejarse es una actitud que bloquea el desarrollo espiritual y psicológico. Lamentarse impide la comunicación genuina y arranca por la fuerza lo que luego ya no puede otorgarse con libertad. Sorprenderse a una misma quejándose es un momento de “¡aja!”, esta percepción puede significar el comienzo de la sabiduría para una quejosa con la capacidad de observarse a sí misma y el deseo de cambiar. Mientras que un espejo normal y corriente refleja la apariencia superficial, las palabras descriptivas pueden ser espejos en los cuales veamos reflejadas unas cualidades intangibles que tienen que ver con el alma. Cada uno de los trece capítulos que siguen a continuación se centra en estas cualidades, sobre todo en aquellas que son características de las mujeres experimentadas y sabias. Al cultivar estas cualidades, el tercer estadio de la vida deviene una época de culminación para la belleza interior y la sabiduría. Es la perspectiva lo que convierte los mejores años de esta etapa de la vida en una época especialmente fecunda para disfrutar de quienes somos, de lo que tenemos y de lo que hacemos. Es una época en que la sabiduría nos insta a que empleemos bien nuestro tiempo y nuestra energía y vitalidad. Es una oportunidad para disfrutar de un mayor número de posibilidades, para experimentar distintos roles y para desarrollar talentos e intereses. Puede ser una época para jugar y expresar los sentimientos, o una época de creatividad o sensualidad, o una época para la meditación o la terapia, o una época para la familia o, al contrario, una época para dejar nuestra huella en el mundo. Las brujas poseen la capacidad de alterar las cosas. Lo que digamos y hagamos podrá cambiar un modelo familiar disfuncional. Con nuestro consejo podemos animar y facilitar que otras personas crezcan y florezcan. Podemos ser una influencia curativa determinante. Incluso podemos crear un efecto ola a lo largo de las generaciones venideras o en las instituciones y comunidades. Con visión e intención, y dada su presencia numerosa e influyente, las brujas, todas juntas, pueden cambiar el mundo. A pesar de que concebí este texto pensando en las mujeres que están viviendo los mejores años de la postmenopausia, si esta lectura te aporta algo a pesar de no encontrarte todavía en este momento de la vida, ¡tanto mejor! ¡Ojo al dato, preancianas! Asimismo, aunque los hombres sufren el impedimento de la socialización y la fisiología, algunos son excepcionales y pueden llegar a poseer las cualidades de la anciana. La mujer que lee las trece cualidades y le divierte advertir que se identifica con ellas, con la idea de ser o convertirse en una anciana, y lo ve bajo un prisma positivo, es una mujer sabia. La mujer que ve en alguna o en varias de estas cualidades lo que desea desarrollar en sí misma y encuentra la fuerza para realizarlo en estas palabras, es una mujer que evoluciona. La vida entera es el material con el que todas tenemos que trabajar. Hasta que este período no haya concluido, todas seguimos estando “en el proceso”, involucradas en una historia inacabada. Lo que hacemos con la vida es nuestra opera magna o gran obra de creatividad personal. Si adoptamos el punto de vista de una anciana, nos veremos a nosotras mismas y veremos a los demás desde el ámbito del alma en lugar de desde el ego. Envejecer bien es un objetivo que vale la pena desear.

by Shinoda Bolen de su libro Las Brujas no se Quejan

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LAS ANCIANAS NO SE QUEJAN by Shinoda Bolen


LAS ANCIANAS NO SE QUEJAN

Para ser una anciana necesitas librarte de los “hubiera o hubiese”. Es preciso silenciar las quejas mentales que no tardarán en escapar por tu boca en cuanto encuentren la ocasión. Lamentándonos no somos capaces de vivir el presente, y tampoco somos una compañía grata (ni siquiera para nosotras mismas). Las quejosas dan por sentado que merecían, y todavía merecen, una vida diferente de la que poseen, y no comprenden que a todos nos ha tocado en suerte nuestra parcela de desgracias, como le ocurre al más común de los mortales. Incapaces de mostrar gratitud por lo que ya poseen, las quejosas no saben disfrutar del presente. Regla número 1 de las mujeres maduras y atrevidas: Las ancianas no se quejan «Lo que fue, fue. Lo que es, en cambio, es.» Tal como suena. Quizá pensaste que te casarías y viviríais felices y comeríais perdices, tendrías los hijos ideales y (a partir del Movimiento para la Liberación de la Mujer) ejercerías también la profesión soñada. ¡Ya ves! Y, mira por dónde, pasara lo que pasara, o no pasara, en nuestra juventud, todo eso es “lo que fue”; y no podemos prescindir de ello. El pasado es el pasado. La menopausia marca el fin de los años de procreación. Este hecho, junto con otros acontecimientos también reales, es “lo que es”. Expresar dolor, sin embargo, no es lamentarse. Incluso lloriquear no es lamentarse. Quizá nuestro organismo no se encuentre en su mejor momento, o sintamos diferentes dolores -aunque nosotras pongamos todo de nuestra parte, desde el punto de vista médico (y otros), para solventarlo-. A lo mejor los problemas son de índole económica. Sea cual sea nuestro caballo de batalla, podremos contárselo a las personas que necesitan y quieren saber lo que nos ocurre, aunque tan sólo sea para poner al día a los amigos con los cuales compartimos la historia cambiante de nuestra vida. Ahora bien, las ancianas no aburren a los demás con toda una letanía de sus síntomas (repaso de todos los órganos o relatos sobre sus propias miserias), lo cual posee un cierto regusto a numerito o fanfarronada. Una anciana sabe que tanto ella como sus problemas no son el centro del universo, y sabe que los demás también atraviesan dificultades. Una anciana no tolera que los niños se quejen, ni siquiera los niños interiores. Sobre todo si son los propios. Una niña quejosa es una niña manipuladora: desea algo que no se le ofrecerá de buen grado. Quizá lo que quiere no le conviene (sea lo que sea lo que la niña quejosa del supermercado quiere que le compre su agotada madre, por ejemplo). Cuando la criatura lo consigue, no obstante, la satisfacción es total. En el fondo ha sido un nuevo e insignificante acto de extorsión y consuelo. Las mujeres de una determinada edad que no son ancianas quizá no se lamenten ni te adulen directamente, o estiren de tus faldas en un sentido físico, como la niña del supermercado. Sin embargo, la extorsión y el consuelo emocionales, las satisfacciones efímeras y la infelicidad general corresponden a los mismos modelos dominantes. Los “estirones” son de tipo emocional: necesidad, derecho, sufrimiento y justificación, en un tono y con una energía que se palpa y transmite a partir de la voz. Las conversaciones con una quejosa te van agotando; algunas personas se sienten atrapadas y reaccionan con falsedad, marcando distancias y sintiéndose culpables. El cambio comienza mediante la introspección. Si te sientes identificada con la anterior descripción, o bien estás considerando la posibilidad de que a lo mejor cuadra contigo, eso es algo que puedes decidir en la intimidad de tu pensamiento. Una valoración honesta no es una acusación; es un diagnóstico que funciona, un punto de partida para ayudarte a resolver la insatisfacción. ¿Te compadeces de ti misma? ¿Has caído en ese estado de resentimiento en el cual vas repitiendo «pobrecita de mí»? ¿Has perdido tu razón de ser? Si es así, ¿cuál podría ser, en tu caso, el equivalente de la frase: «Lloraba porque no tenía zapatos hasta que conocí a un hombre que no tenía pies»? A medida que envejecemos, sobre todo si tenemos tendencia a manifestar nuestros sentimientos de forma abierta no nos cuesta demasiado encontrar cada vez más motivos de queja, lo cual entraña el riesgo de sufrir una transformación negativa y de terminar asumiendo el papel de la madre-mártir arquetípica (una mujer que en la actualidad es una sola, pero que no siempre lo fue). Con un poco de olfato, humor y sabiduría, no obstante, no nos dominará esa capacidad para la queja que se encuentra en nuestro interior en aquellas ocasiones en las que quizá deseamos algo distinto a lo que tenemos. Mi amiga Jananne, que me oyó decir que: «las ancianas no se quejan», me comentó entre risas que consiguió vencer la tentación de venir a visitarme para quejarse del reto que le suponía la temible tarea de deshacer su equipaje y comenzar una nueva vida. En lugar de eso, sin embargo, interpretó una versión exagerada de su propia queja, ante un público muy especial, ella, y luego siguió con lo que tenía que hacer. Es la misma amiga que una vez me pilló lamentándome y se inventó una canción: «Protesta, gimotea y refunfuña, protesta, gimotea y refunfuña, protesta, gimotea y gruñe», al ritmo de la melodía de una danza folclórica. Una variante de las lamentaciones es la que se expresa mediante una ocurrencia o sarcasmo mordaces y dirigidos contra una persona (a menudo un ex) o una institución. Al principio, da la impresión de que no tiene que ver con la queja directa, pero luego las similitudes empiezan a mostrarse. De esta forma, el pasado sigue infiltrándose en las conversaciones. Las amigas intentan cambiar de tema en cuanto pueden, porque prefieren no formar parte de un público secuestrado y obligado a escuchar la última reflexión o la más reciente afrenta. Al igual que la quejosa por antonomasia, esta mujer no es capaz de liberarse de lo que fue, ni de aceptar lo que es. Algunas quejosas se despiertan en mitad de la noche al revivir incidentes pasados en los que las trataron con poca consideración. Ése podría ser un buen momento para intentar “pasar página”, aunque sólo sea para tratar de dormir un poco. Si éste es tu caso, hay algo que puedes hacer hasta que te quedes dormida. También será una manera de escuchar a la anciana. Respira despacio y presta atención a tu respiración. Escucha las palabras que te diría la anciana (mientras al mismo tiempo te las repites a ti misma, o bien las piensas), y luego escucha lo que dice ella de sí misma. Inspira. Eso forma parte del pasado. Espira. Esto es el presente. Inspira. Yo soy. Espira. Paz. La anciana interior se caracteriza por poseer un ojo muy observador y un oído sensible. Cuando la conozcas, te pillará lamentándote o compadeciéndote de ti misma; y una vez te ha pillado, ya puedes prepararte: lamentarse es un comportamiento indigno de una anciana.

by Shinosa Bolen de su libro Las Brujas no se Quejan