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LAS ANCIANAS DICEN LA VERDAD CON COMPASIÓN


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La mayoría de las mujeres se convierten en grandes expertas de las conversaciones que sirven para darse ánimos, práctica que en sí misma conduce a la superficialidad cuando, por lo general, las verdades incómodas o las diferencias de opinión no se pronuncian por una cuestión de educación. Decir lo que los demás desean oír, en lugar de lo que es cierto, se puede convertir en una segunda naturaleza. El desafío, que nos hará ancianas, consiste en aprender a mostrarse sincera y compasiva. La observación es el primer paso: escuchar de verdad lo que nos cuentan. ¿Acaso deseamos profundizar en la conversación? ¿Actuamos por educación o por cobardía? ¿Vale la pena intervenir en este momento? La sabiduría de la anciana interior está en saber cuándo hay que hablar y qué hay que decir. La verdad es afilada: es un instrumento que puede causar dolor, heridas, desfiguraciones o amputaciones; o bien puede ser el escalpelo del cirujano que extrae un cuerpo maligno o reconstruye una cara destrozada, y con ello restaura la salud o la autoestima. Las mujeres tienen tendencia a ocultar la verdad a aquellos que más les importan emocionalmente, y, al actuar de este modo, alimentan y fortalecen sus debilidades. Si estás padeciendo una relación abusiva, no sólo permites que lo peor de la otra persona te oprima, sino que además refuerzas su comportamiento. La anciana que hay en toda mujer lo sabe. Escúchala, y decide no colaborar con el abuso. Sobre todo si proviene de un hijo o una hija, y esa mala conducta ha reorganizado este mal comportamiento. La anciana sabe cuándo sucede algo que debe afrontar. Si escuchas a la anciana interior, tendrás que recordar el principio siguiente: «Hacer es transformarse»; es decir, al actualizar la conducta de la mujer madura, nos volvemos mujeres valientes y sabias. No querer que una amiga se sienta incómoda y ocultarle la verdad, no le va a servir de nada: las amigas se dicen la verdad. ¿Tiene mal aliento? ¿No presta atención a su aspecto? ¿Te preocupa la cantidad de alcohol que ingiere? Podríamos estar ante las primeras señales de una depresión causada por la soledad o una pérdida, ante los síntomas que remiten a problemas médicos, metabólicos o nutricionales, ante los efectos secundarios de un medicamento recetado, ante el uso del alcohol como sustitutivo de una medicación o ante la preocupación por un problema no compartido. Quizás a tu cónyuge o a tu amiga les falla la memoria, y, si éste fuera el caso, no hacer, ni decir nada, oculta una información que podría ser crucial para ganar tiempo. Una anciana desea saber la verdad (para ayudarse a sí misma y a los que ama); lo cual significa que irá ella sola o acompañará a una amiga al médico, al abogado o a una reunión de Alcohólicos Anónimos. Las ancianas se valoran a sí mismas, y valoran sus relaciones: ¿quién nos importa y a quién importamos en realidad? Entre las conocidas y amigas, ¿hay alguna que nos deja vacías y que, sea porque se siente con derecho, sea por sus persistentes invitaciones, sea por su necesidad, nos manipula para que pasemos el rato con ella? Pienso en las historias de aquellas mujeres con cáncer que luego yo narré en Cióse to the Bone\ me dijeron que «el cáncer fue una cura para su codependencia», es decir, que finalmente sentían que tenían una excusa lo bastante buena como para no ver a personas que les hacían sentirse culpables si no las escuchaban, o si no se reunían con ellas. Al igual que les sucede a las pacientes de cáncer, las ancianas sabias saben que su tiempo y su energía son preciosos: «Todo lo que haces se resta de lo que hubieras podido hacer de otro modo». Si ya es hora de que demos por finalizadas algunas relaciones y de disponer de tiempo para nosotras mismas y para aquellos que en realidad nos importan en la vida, necesitamos enfrentarnos a eso, y esos propósitos son los que hemos de llevar a cabo. Los principios son: ser sincera y amable; el desafío estriba en cómo ponerlo en práctica, y saber si es posible. Lo más fácil de recortar son los tira y afloja sociales. En este caso, lo único que se puede hacer es desaparecer. Los conocidos que nos envían postales durante las vacaciones entran en esta categoría. Lo único que hay que hacer es dejar pasar dos años sin enviarles noticias nuestras. El mismo principio es aplicable a las excusas que nos hemos de inventar ante una invitación. El mensaje de que no estamos libres es ambiguo, y está abierto a las interpretaciones. Cuando el desaparecer funciona, no hay tensión si nos cruzamos en actos en los que asistan las dos partes. Las relaciones más difíciles, las que te agotan, parece, no obstante, que nunca terminan tan fácilmente, y éstas sí que son un verdadero desafío. Es duro mantenernos firmes delante de la otra persona: lo que digamos puede que posea un tono defensivo que nos lleve a “ceder” y seguir como antes; o bien quizá nos veamos inmersas en una rueda de conversaciones culpable-culpa que sólo conseguirá hacernos daño. Es mejor atribuir la retirada a ciertos cambios que suceden en nosotras, quizá por causa de un retraimiento, por la necesidad de estar solas para desarrollar nuestra creatividad o algún compromiso que requiere de todo nuestro tiempo, arguyendo además la petición de que nuestro esfuerzo se respete. Una mujer diagnosticada de cáncer me contó que le había dicho a varias personas que no esperaran encontrarla disponible para mantener conversaciones telefónicas, recibir visitas porque, según sus propias palabras, «necesito toda la energía que tengo para curarme». La determinación y la claridad del mensaje cuando se comunica que algo ha terminado es todo un detalle cuando la alternativa es la de un proceso doloroso, eterno y larguísimo. Sobre todo cuando se trata de sentimientos amorosos no correspondidos. Las ancianas atrevidas son personas atractivas, divorciadas o viudas, interesadas o no en encontrar a un nuevo compañero. Seleccionar agencias matrimoniales y páginas web por Internet en las que se ofrecen parejas serias es un método convencional para conocer a posibles candidatos. Sin embargo, también se pueden conocer en encuentros ocasionales, en especial cuando las mujeres salen solas. Los encuentros ocurren del modo más tradicional, esa manera que tienen las personas que no están casadas de conocerse: a través de amigos comunes. Así, es posible que conozcamos hombres con unas intenciones que no sean de nuestro agrado y, no obstante, entren en nuestra vida, se enamoren y se muestren persistentes, sin darse cuenta, o sin querer captar el mensaje, de que no estamos interesadas. Una anciana termina esta clase de relaciones limpiamente, con claridad y mucho respeto. No se siente culpable, ni responsable, de la falta de reciprocidad de sus sentimientos. Sabe que ella no le condujo a eso, ni le debe nada, aunque él piense de otra manera y así se lo comunique. La mujer se muestra clara y sin ambivalencias frente a esa historia que ha terminado. Si eres una mujer que no sabe actuar con decisión, cederás cuando él insista y saldrás con él, o bien te dará pena y lo volverás a ver; o incluso le dirás que no te 11ame, y, cuando él te telefonee, mantendréis conversaciones larguísimas. Quizá pienses que puede parecer mezquino o, como mínimo, desconsiderado actuar de otro modo. En ese caso te ofrezco una imagen que podría ayudarte a mostrarte firme y decidida. Piensa en la costumbre de recortar la cola de los cachorros cócker spaniel: no sería muy correcto ir cortándoles la cola a trocitos, sobre todo cuando la tarea puede realizarse con un corte limpio, contundente y definitivo. El poder curativo y liberador de la verdad Muchas ancianas saben que la verdad nos libera. Hay que ser valiente para mostrarse como una es cuando «no se lo digas a nadie» o «¿qué dirán los vecinos?», son frases con las que nos han martilleado durante la infancia. Muchas mujeres necesitan sentir compasión por la niña traumatizada o avergonzada que todavía albergan en sí mismas, así como romper las cortapisas que la vergüenza todavía les impone. Cuando tal es el caso, la verdad se bloquea y nos queda una herida emocional sin sanar. Las ancianas no viven fingiendo, ni se encogen de miedo ante la idea de la condena o el rechazo, echando marcha atrás en los momentos significativos en los que se mantienen conversaciones incómodas. Sentirse avergonzada supone estar oprimida por partida doble: primero por lo que fue, y segundo por la sensación de poca valía que eso despierta en nosotras. Muchas mujeres han sufrido malos tratos en su infancia, o proceden de familias pobres, alcohólicas o sin educación, o bien han abortado, son lesbianas en secreto, o crecieron guardando secretos familiares. En algún momento de sus vidas, la mayoría recuerda que temió que estas verdades llegaran a saberse. No obstante, las ancianas también recuerdan el momento y la persona con quien rompieron este tabú de silencio como el primero en el que se sintieron plenas. Decir la verdad es ser capaz de afirmar que «yo soy así». Nunca es lo que sucedió, sino el modo como reaccionamos ante lo que ocurrió lo que importa. Oculto en forma de secreto, te conviertes en una víctima, sola con tu sufrimiento. Cuando encuentras el coraje suficiente para decir la verdad, empiezas a liberarte del pasado que antes te retenía como rehén. Las ancianas tienen por costumbre decir la verdad.

Jean Shinoda Bolen
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LAS ANCIANAS DEFIENDEN CON FIEREZA LO QUE MÁS LES IMPORTA


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Gloria Steinem ha destacado en diversas ocasiones que las mujeres tienden a ser más conservadoras cuando son jóvenes, y que se vuelven rebeldes y radicales a medida que maduran, justo lo contrario de lo que les ocurre a los hombres. Las mujeres se convierten en compasivas ancianas despiadadas cuando se indignan ante el sufrimiento causado tanto por la indiferencia de los que tienen el poder como por sus responsables. compasión y rabia se unen ante la visión de gente aterrorizada, víctima de abusos, indefensa y marginada, cuya situación se considera irrelevante porque carece de poder o valor en un mundo en el que la avaricia y el poder sobre los demás, en lugar de la preocupación por d prójimo, es el principio dominante. Las ancianas, sin embargo, no son ingenuas, ni se niegan a asumir la realidad. Cuando algo en concreto es una atrocidad, y existe la posibilidad de intervenir, llega el momento de la verdad, y entonces nacen las activistas. El sufrimiento de los demás o la sensación de “¡Basta ya!” radicaliza a estas mujeres. Las mujeres adoptan posiciones radicales por su capacidad de compartir estados afectivos o emocionales. No les cuesta nada imaginar y experimentar lo que sería sentirse indefenso y ser víctima de malos tratos, sentimiento que, incluso, empeora por culpa de la indiferencia de quienes podrían cambiar las cosas. La realidad, en lugar de la imaginación, podría convertirse en un espejo donde identificarse en un mundo en el que una de cada tres mujeres es apaleada o violada en algún momento de su vida, y donde la violencia diaria exige que las mujeres se muestren siempre alerta ante esta posibilidad. Una anciana es una mujer que ha descubierto su voz. Sabe que el silencio es consentimiento. Esta cualidad precisamente es la que vuelve temibles a las ancianas, porque no es la voz inocente de una niña que exclama: «el emperador no lleva ropa», sino la fiera sinceridad de la mujer madura, que es la voz de la realidad. Tanto la niña inocente como la anciana ven a través de imágenes ilusorias y negaciones, o bien “dan un giro” hacia la verdad. Sin embargo, la vieja conoce la decepción y sus consecuencias, y eso la enfurece. Su fiereza nace en su propio seno, le infunde valentía y la convierte en una fuerza temible. La fiera compasión de una mujer anciana es producto de la protección maternal de mamá oso que sienten los que se encuentran alejados de su familia más inmediata. Entre los pueblos indígenas, “abuela” era un título de respeto que se otorgaba a las mujeres mayores, en una sociedad con consejos de ancianas sabias, mujeres que ya habían superado su época de maternidad, con hijos propios adultos y cuya preocupación maternal se dirigía a todos los niños de la tribu y a las generaciones venideras. Todos sabemos que mamá oso protege con fiereza a sus cachorros; lo que ya no es tan conocido es el hecho de que también practica una forma de “amor endurecido” cuando los oseznos ya pueden independizarse, pero prefieren que sea la madre la que les dé el sustento. La fiereza de la osa se manifiesta y los persigue entonces hasta que tienen que encaramarse a un árbol. Al final, cuando deciden bajar, se encuentran solos, y si quieren alimentarse y sobrevivir, tendrán que emplear las técnicas que ella les ha enseñado. Es el poder excepcional de la madre osa, junto con su preocupación maternal, lo que inspira respeto y miedo. Las criaturas más pequeñas, incluyendo a las madres de la raza humana, poseen asimismo una naturaleza maternal y fiera, pero a menudo no ostentan el poder suficiente como para inspirar temor, ni son lo bastante fuertes como para proteger a sus crías. Sin embargo, y a pesar de que la fuerza bruta todavía es un factor a considerar en ciertas situaciones humanas, la civilización mide el poder en términos económicos y políticos. En Occidente, las mujeres han ido ganando poder gracias a la educación y al hecho de que van ocupando cargos de autoridad, y los hombres empiezan a aprender que es un error infravalorar la pasión de una mujer por la justicia social y su capacidad de airear delitos. Esas maldades que provocan la fiereza de mamá osa casi siempre implican un abuso de confianza y la explotación de los demás. La situación se agrava cuando no se tiene en cuenta a una mujer, o se le aplica un castigo cuando saca a la luz la información que posee. Esta traición mayúscula aviva en la anciana la firmeza y la fiereza en lugar de acallarla, como se pretende con tal actitud.

Jean Shinoda Bolen
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LAS ANCIANAS CONFÍAN EN LOS PRESENTIMIENTOS


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Las ancianas confían en su instinto por lo que respecta a personas y principios. Es una confianza que aumenta a medida que una se vuelve más vieja y más sabia, es decir, que aumenta a partir del aprendizaje de la vida. Una dolorosa lección tomada a pecho hace mella en nosotras. La mujer madura se reirá con tristeza ante el agudísimo comentario de Isabel Allende, que pone en boca de una abuela que sale en su novela La ciudad de las bestias: «La experiencia era aquello que aprendiste justo después de necesitarla». (¡Amén a eso!) Al revisar todo lo aprendido, son muchas las mujeres que se dan cuenta de que apenas contaban con pistas que les sugirieran que estaban viviendo situaciones potencialmente peligrosas, o bien que fueron impulsivas e irresponsables. Incluso hay quien reconoce que mostró indiferencia frente a un sentimiento incómodo, o hizo caso omiso de la punzada del miedo, y que en lugar de mostrarse maleducada, alocada, esnob, interesada, egoísta o ignorante, eligió convertirse en una víctima. Una mala experiencia proporciona una buena dosis de sabiduría a la mujer que se convierte en anciana: esto es una nueva forma de discriminar a la mujer que no se ha vuelto más sabia gracias a la experiencia. A medida que maduramos, poseer el suficiente instinto como para saber en quién confiar y de quién no fiarse resulta especialmente importante. Hay estafadores que buscan su presa entre las mujeres ancianas a las que con correspondencia engañosa y llamadas dulzonas intentan vender gangas. La falta de sinceridad de la expresión “confíe en mí” reina por doquier. Por suerte, confiar en nuestros instintos es algo que mejora con la práctica. La mujer que presta atención a la anciana que lleva en su interior puede mostrarse educadamente grosera y decir: «No, gracias», para, acto seguido, colgar al interlocutor de turno sin escuchar ni una palabra más. Puede cambiar de médico o abogado, o bien buscar una segunda opinión cuando “presiente” que es necesaria otra consulta. No contrata a nadie, ni lo mantiene en su puesto de trabajo, cuando percibe una cierta incomodidad, o advierte que se trata de un carácter negativo. Hace caso de la sensación que la embarga cuando siente que corre peligro si se queda donde está, o bien reconoce que algo pasa cuando manipulan sus sentimientos. Una mujer sabia se conoce a sí misma, y la experiencia le ha enseñado a prestar atención a esta clase de mensajes que provienen de ella. Conoce la diferencia entre tropezarse con una señal de advertencia y ser por naturaleza cautelosa. La intuición de la mujer ha sido muy calumniada. Es una forma de sabiduría que tiene que ver con los seres vivos, las plantas, los animales, las personas, la enfermedad, el nacimiento y la muerte. También está relacionada con el hecho de mostrarse receptiva a la energía y a otros dominios invisibles. Una mujer normal y corriente que asiste a una persona moribunda echa mano de la sabiduría de la anciana pues sabe de un modo instintivo o intuitivo lo que tiene que hacer. Esto guarda cierto paralelismo con un gran número de madres primerizas que son sabias en un sentido materno, algo que es tan común y que pasa inadvertido, hasta que una madre joven se niega a seguir el consejo de una autoridad en la materia porque una vocecita interior le dice que eso, en concreto, no le conviene a su hijo. Las credenciales y las recomendaciones son algo que las ancianas valoran y tienen en cuenta a la hora de tomar una decisión y depositar su confianza en alguien que vaya a cuidar de ellas, de su salud y de sus bienes. Se basan en la capacidad, la personalidad y la compasión que advierten en sus cuidadores y directores, pero también en algo más que “parece que encaja” en estas personas. Es una conexión anímica o, como diría el filósofo Martin Buber, una relación «tú y yo», que es ese profundo conocimiento intuitivo recíproco que se produce cuando dos almas se encuentran. Elegí el título Cióse to the bone (Cuando pasa de castaño oscuro) para un libro que escribí sobre enfermedades terminales porque sabía que la perspectiva de la muerte despierta las fibras más sensibles de los pacientes y de aquellos que los aman; y además conecta con su alma. A veces, la gente necesita sufrir una enfermedad terminal para darse cuenta de ello, y en ocasiones sólo durante los últimos meses o años de la vida de una persona el alma brilla y se refleja a través de la transparencia de un cuerpo enfermo. La ausencia de palabras para denominar algo obstaculiza su evolución, y eso es lo que consigue la denigración de las palabras que van asociadas a las mujeres. Nos vendría bien, para profundizar en el tema, aprender un poco de griego. Los griegos poseen dos palabras para denominar el conocimiento: logos y gnosis. Lo que aprendemos a través de la educación y la investigación científica es logos. Lo que, en cambio, aprendemos gracias a los sentimientos intuitivos y las experiencias místicas o espirituales es gnosis. El logos es racional, objetivo, lógico, expresable en palabras o números, mientras que la gnosis es subjetiva, no racional, no verbal, dotada de matices, expresable a través de la poesía, las imágenes, las metáforas y la música, y a menudo no es demostrable por naturaleza. Cada experiencia sagrada es subjetiva: el sentido de unicidad con el universo, o bien con la divinidad, la adoración espiritual, un momento intemporal inspirado por la belleza, la captación del momento espiritual y la gracia son gnosis. Indescriptibles, aunque profundamente transformadoras, son las experiencias anímicas. Las ancianas confían en su voz interior a partir de experiencias como éstas.

Jean Shinoda Bolen
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LAS ANCIANAS SON ATREVIDAS


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Una anciana es una mujer madura con entusiasmo, pasiones y alma. Si aspiras a ser una de ellas, has de saber que el secreto está en ti misma, siempre y cuando la mente, el corazón y el cuerpo todavía sigan funcionando razonablemente bien, y por tu parte valores el hecho de estar viva. Hablando en sentido metafórico, las tres fases lunares (creciente, llena y menguante), las tres fases de la diosa antigua (doncella, madre y anciana) y los tres indicadores biológicos de la menarquía, la menstruación y la menopausia, dividen la vida de las mujeres como si se tratara de una obra de teatro en tres actos. Hemos llegado, pues, al tercer acto, y el telón bajará cuando éste finalice. En el tercer acto quizá tratemos de enhebrar el significado de las anteriores etapas de nuestra vida, y con ello nos encontremos absortas en algo nuevo. Alcanzamos conclusiones y desenlaces; unas puertas se cierran, pero otras se abren. Sin tener en cuenta los detalles más concretos, lo que da sabor a la vida es estar profundamente implicada en ella. Puede que seas una anciana atrevida que ha descubierto la riqueza de la soledad y puede que disfrutes de una vida y un espacio propios, sabiendo que sólo tienes que agradarte a ti misma. A lo mejor eres una anciana atrevida, dispuesta a abrir tu hogar y tu corazón a muchísimas personas, y cuya vida incluso podría erigirse en pilar central de la actividad de una comunidad. Quizá seas una mujer de edad avanzada y atrevida que ha encontrado un amante más joven. Igual estás casada con la persona adecuada (“adecuada” respecto a tu manera de ser y a lo que deseas de la vida). Podría ser que contemplaras el mundo desde la perspectiva de una turista, una peregrina o una voluntaria de una ONG. Es posible que te dediques a leer y aprender acerca de todo aquello que te interesa conocer. Quizá seas una activista que trabaja para conseguir mejorar un poco el mundo. Tal vez te encuentras en una fase creativa de la vida, o bien te encanta pasar el rato con tus nietos, o no, claro (lo cual dependerá mucho de cómo sean ellos, y de como seas tú también). Otros pensarán (e incluyo a tus nietos) que estás fuera de lugar y que eres caprichosa o excéntrica porque puedes mostrarte auténtica y no te conformas con el estereotipo que, según ellos, tiene que regir “a una mujer cabal de tu edad”. Es posible, por otro lado, que descubras que te has convertido en el modelo inesperado que inspira a mujeres más jóvenes que tú, cuyas madres sí que encajan con ese estereotipo. Cuando escribí Las diosas de la mujer madura: arquetipos femeninos a partir de los cincuenta, era muy consciente de que “anciana” no era una palabra convencional que pudieran aceptar las mujeres que pasaban de los cincuenta. “Mujer madura”, sin embargo, ya sonaba diferente. La yuxtaposición de estas dos palabras parecía tanto una contradicción, en lo relativo a sus términos, como una feliz posibilidad; “seca y vieja”, a fin de cuentas, eran los adjetivos más habituales asociados a “anciana”. “Madura”, en cambio, nos trae a la mente metáforas que tienen que ver con la humedad y la jugosidad. El significado positivo de la palabra “madurez” implica placer. Es como decir que la mujer que la posee está conectada a una fuente de electricidad o energía, o bien que tiene la capacidad de provocar que determinadas cosas ocurran. Lo que en verdad nos revitaliza es el amor incondicional, que es la única fuente de energía que jamás se agota; al contrario, cuanto más entreguemos, con mayor cantidad contaremos. En la naturaleza, la vitalidad (el estar vivo) significa que existe una fuente de agua que alimenta un nuevo crecimiento y conserva la vida, que es húmeda. La humedad metafórica y el fluir, tanto para la salud física como para el bienestar emocional, también son esenciales. Los sentimientos genuinos y su expresión sin trabas son húmedos. En períodos de dolor, las lágrimas de pesar fluyen. En la risa y la alegría desinhibidas, las lágrimas fluyen. Implicarse en la vida y comprometerse con ella es una proposición madura. Cada mujer madura recurre a una fuente o a un acuífero profundo lleno de significado que se halla en su mente.

Jean Shinoda Bolen
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Círculo de Mujeres “Nosotras que Nos Queremos”


Que cada mujer sienta que acompañando a otra mujer sana las diferencias, los malos entendidos , las rivalidades ….que ser mujer es aceptar ser vulnerable, saber que sentir es la gran fortaleza que nos hace vibrar junto a todos los que nos rodean, es darle al hombre el lugar de ser nuestro compañero, guerrero en el mundo y ofrecerle nuestro mundo interno para que descanse , para que sienta que puede entregarse y dejarse soñar en los brazos de su mujer !!! Y ser mujer es disfrutar de compartir con las mujeres toda una inmensa gama de sutiles sentires que solo la tribu de mujeres puede y quiere corresponder ! Bienvenidas las aliadas amigas que ha en de este mundo un mundo mejor !! Aleluya !!! Y gracias a las hijas que replican y expanden el mundo femenino a su manera con el agregado de lo nuevo y diferente que traen las nuevas generaciones !! Vivan las mujeres y benditas sean las creaciones que a cada instante saben revelar …y …compartir :)) aleluya !!!! Tere Colmegna20160223_210623

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LAS ANCIANAS MEDITAN A SU MANERA by Shinoda Bolen


LAS ANCIANAS MEDITAN A SU MANERA

Muchísimo antes de que los gurus llegaran a Estados Unidos con los mantras y la meditación, las mujeres que se preparaban para ser ancianas, así como las mismas ancianas, encontraban el momento y el modo para meditar. Llamémosle “lavar los platos y mirar por la ventana”, “doblar la ropa y pensar”, “soñar despierta” o “no hacer nada”. A lo mejor empezó como aquel ratito en que una se tomaba una taza de café o té en silencio antes de que la casa despertara y comenzara el alboroto que sólo se daba por concluido cuando lográbamos que todos salieran por la puerta. Puede que fuera lo que hacíamos al pasear, o incluso lo que nos sucedía atrapadas en ese atasco diario. En ese momento nos venía a la mente una idea, o veíamos en todo su esplendor algo bonito, o bien recordábamos un sueño o una conversación. Era una especie de reunión interna cuáquera de duración indefinida en la cual el silencio invitaba a rememorar pensamientos, imágenes y sentimientos en un lugar más espacioso, situado en la mente o el corazón, observarlos, cuestionarlos o valorarlos por encima. Las mujeres que se preocupan sin cesar no meditan en absoluto. Insistir en mantener conversaciones del tipo “ella me ha dicho o él me ha dicho” o albergar pensamientos catastrofistas no es meditar. La meditación no es preocuparse o rememorar dolores y resentimientos pasados, ni siquiera confeccionar listas de propósitos. El foco de atención, en tales casos, es interior, aunque no existe espacio abierto alguno donde albergar pensamientos y asociaciones mentales, y tampoco para que resurjan sentimientos e imágenes que podamos observar sin sentirnos vinculadas a las preocupaciones, la culpa o la rabia. En la actualidad se enseña la introspección, pero muchas mujeres la llevan a cabo de un modo natural. Si te gusta disfrutar de tu propia compañía, valoras el tiempo que pasas sola y descubres, a medida que envejeces, que pareces haberte vuelto más introvertida, es muy probable que hayas estado practicando tu propia forma de meditación. Quizá el término “piadosas” es el que describe con mayor precisión lo que hacen las ancianas. Guardar algo en el corazón y sopesarlo es una forma de meditación. Guardar a alguien en el corazón sin ningún tipo de sentimiento posesivo, también lo es. A medida que envejecemos la lista de personas que ya han muerto y todavía recordamos se va alargando. En los momentos que dedicamos a la meditación, las abrazamos con ternura desde el fondo de nuestro ser (en aquel lugar del pecho donde colocamos las manos instintivamente, una sobre la otra, en un gesto que significa: «te aprecio muchísimo» o «te quiero»). La piedad y la meditación se alían en el instante en que vemos y valoramos de verdad algo bello, y en ese momento mandamos algo parecido a una oración en forma de postal de agradecimiento mientras le abrimos la puerta a belleza. Disponer de momentos de silencio en nuestra vida diaria resulta cada vez más difícil, incluso en esta tercera etapa de la vida. Muchas ancianas dedican un tiempo a la meditación, bien como práctica espiritual, o bien como una forma de disminuir el estrés y alejarse de casa y del lugar de trabajo con el propósito de estar solas y acompañadas de muchísimas otras personas que las dejan tranquilas. La vida interior va ganando importancia a medida que maduramos. Durante las primeras etapas de nuestra existencia, nos dedicamos a explorar el mundo con los sentidos, dirigimos hacia el exterior, hacia lo que podemos ver, tocar, oler o saborear, cualidades todas ellas que van mermando a medida que pasan los años. Con la edad echamos mano de lo que ya hemos experimentado. Por lo general, disponemos de más tiempo en el que desarrollar nuestra vida interior; y dormir menos de lo habitual es algo que nos proporciona hojas extra. Adquirimos conciencia de las cosas cuando nos deleitemos a fijarnos en los comportamientos y a ver los acontecimientos con mayor distancia que cuando estábamos plenamente implicados en ellos. A través de esa reflexión, nuestro estado de sabiduría aumenta. Cuando dedicamos esos momentos a la reflexión, vemos la importancia de la persona, y no su apariencia exterior, y nos damos cuenta de que, cuando las personas actúan de un modo determinado, sus actos tienen que ver más con ellas que con nosotros. La experiencia se comporta como una maestra en nuestros años de juventud. Almacenada en bits de memoria, se convierte en un recurso interno, una colección particular de recuerdos sagrados que veremos desde una perspectiva distinta a lo largo de la vida, sobre todo en los momentos de reflexión, aquellos en los que nos sorprendemos rememorando sucesos y personas del pasado que todavía conservamos en el corazón. Es entonces cuando vemos las relaciones, las ideas y los acontecimientos pasados a la luz de una conciencia más sabia. Desde el punto de vista del alma, en esos momentos de silencio (cuando “no hacemos nada” o meditamos a nuestra manera) es cuando los pensamientos creativos, las intuiciones y los sentimientos más valiosos emergen.

by Shinosa Bolen de su libro Las Brujas no se Quejan

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LAS ANCIANAS CONFÍAN EN LOS PRESENTIMIENTOS by Shinoda Bolen


LAS ANCIANAS CONFÍAN EN LOS PRESENTIMIENTOS

Las ancianas confían en su instinto por lo que respecta a personas y principios. Es una confianza que aumenta a medida que una se vuelve más vieja y más sabia, es decir, que aumenta a partir del aprendizaje de la vida. Una dolorosa lección tomada a pecho hace mella en nosotras. La mujer madura se reirá con tristeza ante el agudísimo comentario de Isabel Allende, que pone en boca de una abuela que sale en su novela La ciudad de las bestias: «La experiencia era aquello que aprendiste justo después de necesitarla». (¡Amén a eso!) Al revisar todo lo aprendido, son muchas las mujeres que se dan cuenta de que apenas contaban con pistas que les sugirieran que estaban viviendo situaciones potencialmente peligrosas, o bien que fueron impulsivas e irresponsables. Incluso hay quien reconoce que mostró indiferencia frente a un sentimiento incómodo, o hizo caso omiso de la punzada del miedo, y que en lugar de mostrarse maleducada, alocada, esnob, interesada, egoísta o ignorante, eligió convertirse en una víctima. Una mala experiencia proporciona una buena dosis de sabiduría a la mujer que se convierte en anciana: esto es una nueva forma de discriminar a la mujer que no se ha vuelto más sabia gracias a la experiencia. A medida que maduramos, poseer el suficiente instinto como para saber en quién confiar y de quién no fiarse resulta especialmente importante. Hay estafadores que buscan su presa entre las mujeres ancianas a las que con correspondencia engañosa y llamadas dulzonas intentan vender gangas. La falta de sinceridad de la expresión “confíe en mí” reina por doquier. Por suerte, confiar en nuestros instintos es algo que mejora con la práctica. La mujer que presta atención a la anciana que lleva en su interior puede mostrarse educadamente grosera y decir: «No, gracias», para, acto seguido, colgar al interlocutor de turno sin escuchar ni una palabra más. Puede cambiar de médico o abogado, o bien buscar una segunda opinión cuando “presiente” que es necesaria otra consulta. No contrata a nadie, ni lo mantiene en su puesto de trabajo, cuando percibe una cierta incomodidad, o advierte que se trata de un carácter negativo. Hace caso de la sensación que la embarga cuando siente que corre peligro si se queda donde está, o bien reconoce que algo pasa cuando manipulan sus sentimientos. Una mujer sabia se conoce a sí misma, y la experiencia le ha enseñado a prestar atención a esta clase de mensajes que provienen de ella. Conoce la diferencia entre tropezarse con una señal de advertencia y ser por naturaleza cautelosa. La intuición de la mujer ha sido muy calumniada. Es una forma de sabiduría que tiene que ver con los seres vivos, las plantas, los animales, las personas, la enfermedad, el nacimiento y la muerte. También está relacionada con el hecho de mostrarse receptiva a la energía y a otros dominios invisibles. Una mujer normal y corriente que asiste a una persona moribunda echa mano de la sabiduría de la anciana pues sabe de un modo instintivo o intuitivo lo que tiene que hacer. Esto guarda cierto paralelismo con un gran número de madres primerizas que son sabias en un sentido materno, algo que es tan común y que pasa inadvertido, hasta que una madre joven se niega a seguir el consejo de una autoridad en la materia porque una vocecita interior le dice que eso, en concreto, no le conviene a su hijo. Las credenciales y las recomendaciones son algo que las ancianas valoran y tienen en cuenta a la hora de tomar una decisión y depositar su confianza en alguien que vaya a cuidar de ellas, de su salud y de sus bienes. Se basan en la capacidad, la personalidad y la compasión que advierten en sus cuidadores y directores, pero también en algo más que “parece que encaja” en estas personas. Es una conexión anímica o, como diría el filósofo Martin Buber, una relación «tú y yo», que es ese profundo conocimiento intuitivo recíproco que se produce cuando dos almas se encuentran. Elegí el título Cióse to the bone (Cuando pasa de castaño oscuro) para un libro que escribí sobre enfermedades terminales porque sabía que la perspectiva de la muerte despierta las fibras más sensibles de los pacientes y de aquellos que los aman; y además conecta con su alma. A veces, la gente necesita sufrir una enfermedad terminal para darse cuenta de ello, y en ocasiones sólo durante los últimos meses o años de la vida de una persona el alma brilla y se refleja a través de la transparencia de un cuerpo enfermo. La ausencia de palabras para denominar algo obstaculiza su evolución, y eso es lo que consigue la denigración de las palabras que van asociadas a las mujeres. Nos vendría bien, para profundizar en el tema, aprender un poco de griego. Los griegos poseen dos palabras para denominar el conocimiento: logos y gnosis. Lo que aprendemos a través de la educación y la investigación científica es logos. Lo que, en cambio, aprendemos gracias a los sentimientos intuitivos y las experiencias místicas o espirituales es gnosis. El logos es racional, objetivo, lógico, expresable en palabras o números, mientras que la gnosis es subjetiva, no racional, no verbal, dotada de matices, expresable a través de la poesía, las imágenes, las metáforas y la música, y a menudo no es demostrable por naturaleza. Cada experiencia sagrada es subjetiva: el sentido de unicidad con el universo, o bien con la divinidad, la adoración espiritual, un momento intemporal inspirado por la belleza, la captación del momento espiritual y la gracia son gnosis. Indescriptibles, aunque profundamente transformadoras, son las experiencias anímicas. Las ancianas confían en su voz interior a partir de experiencias como éstas.

by Shinosa Bolen de su libro Las Brujas no se Quejan

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