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Pupi Larroudé y equipo
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LAS ANCIANAS UNIDAS PUEDEN CAMBIAR EL MUNDO


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Ésta es una época fabulosa para las mujeres que vivimos la tercera etapa de la vida, sobre todo si nos encontramos en la franja de edad que oscila entre los cincuenta y pico y los setenta y pico. La historia jamás había registrado la existencia de una generación de mujeres que hubiera alcanzado la edad madura como nosotras. Durante la época de procrear, tuvimos a nuestra disposición la píldora, y el veredicto del caso Roe contra Wade nos otorgó el derecho sobre nuestro propio cuerpo en lo que respecta a la reproducción. En el pasado, muy pocas mujeres pudieron ser sexualmente activas, y al mismo tiempo poder elegir si querían, y cuándo, tener hijos. El derecho a disfrutar del mismo salario por trabajos equivalentes, de poner en marcha medidas que compensaran la anterior discriminación y de la igualdad de acceso a la educación y al mundo laboral, mermaron en gran medida las instituciones y las ocupaciones que en el pasado eran exclusivamente masculinas. Como generación, abrimos de par en par unas puertas por las cuales jamás se había permitido que una mujer entrara. Como individuos, pudimos efectuar elecciones personales respecto a cómo y con quién que viviríamos porque teníamos el derecho a decir que no. Las creencias espirituales y religiosas que defendiéramos, el lugar o la opción de culto, también eran cosas que debíamos decidir nosotras. Por primera vez en la historia a las mujeres se les reconocían sus derechos, y los disfrutaban con una naturalidad tal que parecía que todo eso fuera lo más normal del mundo. Además, también nos beneficiamos de la abundancia de materiales y de los avances médicos, al margen de poseer una esperanza de vida mayor que la de cualquier generación anterior. Disfrutamos de una ventaja de género, asimismo, al sobrevivir a los hombres en todas las edades. ¡Qué influencia tan enorme podrían tener las ancianas en la actualidad! Si tan sólo una de cada diez mujeres de Estados Unidos que haya pasado de los cincuenta se implicara en querer mejorar el mundo, podría haber casi cinco millones de ancianas activistas alimentando sus filas. Podemos ofrecer nuestra sabiduría, y nuestras prioridades marcarían un punto de inflexión. Las mujeres sabemos que, cuando una comunidad se convierte en un lugar seguro para las mujeres y los niños, todos estamos a salvo. Sabemos que impedir el abuso infantil también les impide a esos niños que, al crecer, maltraten a los demás. No nos sorprende saber que los cerebros de los fetos de las mujeres embarazadas que viven en un estado de terror o pobreza se desarrollan de un modo distinto, como les ocurre a los cerebros de niños y niñas que sufren estas condiciones. Nuestro sentido común nos habla de lo que los investigadores ya han demostrado: los niños y las niñas están más sanos y las familias son más reducidas cuando las mujeres pueden elegir la reproducción, y, si todas las mujeres pudieran acceder al control de la natalidad, eso equivaldría a dar un paso para reducir el problema de la superpoblación, el cual, a su vez, influye en la crisis ecológica que arranca de la escasez de recursos, etcétera. Las mujeres reaccionan ante el estrés de una manera distinta a los hombres, lo cual nos proporciona una ventaja psicológica y fisiológica a la hora de trabajar para hallar una resolución pacífica de un conflicto, sobre todo en zonas donde desde muy antiguo imperan las represalias y los conflictos. Los hombres reaccionan al estrés con una fisiología adaptada al lema «huye o lucha»: la adrenalina, favorecida por la testosterona, aumenta. Las mujeres, sin embargo, presentan una reacción fisiológica que sigue las pautas de «ocúpate y confraterniza»; la oxitocina (la hormona del lazo maternal) aumenta con el estrés, que viene propiciado por los estrógenos. Las mujeres mantienen alianzas mutuas y eliminan el estrés por medio de la conversación, lo cual nos da ventaja a la hora de mantener conversaciones pacíficas. Como contrapartida, los conflictos entre machos-alfa versan sobre la supremacía. Si colocamos a los líderes en una misma habitación para que negocien la paz, el conflicto en cuestión se traslada a una mesa de negociaciones. Por consiguiente, cuando de lo que se trata es de ganar, se considerará una debilidad, o se atribuirá a una estrategia, el hecho de alcanzar una solución de compromiso. La derrota es una humillación en la cual el perdedor se consuela planificando las represalias y fomentando el odio en la generación siguiente. Lo que sí es cierto es que con independencia de quién gane, sabemos que las mujeres y los niños siempre pierden. Las mujeres sabias y maternales deben involucrarse en los procesos de paz en número suficiente como para cambiar el modelo. En ausencia de esta clase de mujeres, la sabiduría de la anciana se ha visto representada, hasta el momento, por hombres excepcionales que son ancianos, como, por ejemplo, Nelson Mandela, Mahatma Gandhi, Su Santidad el Dalai Lama y Jimmy Carter.

Jean Shinoda Bolen
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LAS ANCIANAS SE RÍEN JUNTAS


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La carcajada que se manifiesta entre mujeres que se encuentran juntas, reunidas, es algo que en general ocurre en ausencia de los hombres. Es un popurrí espontáneo de sensaciones compartidas que suele surgir en medio de una charla sincera y absolutamente veraz. La risa brota como reacción frente a historias que contamos de nosotras mismas y que podrían ser relatos «de esos que nos hubieran podido pasar a cualquiera» y que narran momentos pasados triunfantes o vergonzosos. Las historias y la risa se van acumulando hasta entrar en ebullición, y el resultado es un estado general de diversión. No es posible contar el porqué; es una risa “del momento”. Una risa en la cual las endorfinas, las moléculas de la emoción, sanadoras y procuradoras de bienestar, fluyen. Cuando las mujeres maduras se reúnen, es muy probable que rían hasta que les salgan las lágrimas porque saben entender cuándo se encuentran con mujeres de sensibilidad parecida y porque no necesitan ponerse una careta. No hay jerarquías en este caso. Cuando hablo de la risa curativa de las mujeres ante públicos variopintos, siempre comento que luego las ancianas confiesan haberse reído tanto que sueltan frases del estilo «me mojé las bragas»; entonces hago una pausa y digo: «y siendo postmenopáusica…», frase que va invariablemente seguida de un estallido de risas entre las mujeres del público, pues saben muy bien que eso es lo que en realidad ocurre. Es un atisbo del humor curativo, que reconoce y saca a la luz los problemas que nos unen en lugar de dividirnos. Es una porción de vivencias compartidas. Los hombres han acusado a las mujeres de no poseer sentido del humor porque no nos reímos de los chistes que ellos consideran divertidos. El análisis que Freud realiza del humor, y que demuestra que es hostil, contribuye a explicar el porqué (sobre todo cuando va dirigido contra las mujeres). Luego están los chistes que cuentan los niños y que son escatológicos, humor de caca-pis, que los hombres ya adultos todavía encuentran graciosos. Las niñas y las mujeres maduras, en cambio, no alcanzan a comprender la razón. Las dificultades entre los sexos han llevado a ciertas mujeres a describir el desafío como un problema de «comunicación entre miembros de la misma especie», lo cual se aplica sobre todo al humor. No obstante, el humor como válvula de escape para la hostilidad o la superioridad atrae a ambos sexos por igual. Los chistes sobre rubias tontas, suegras y bromitas sarcásticas en general, incluyendo los chistes que atacan a los machos, son válvulas de escape para canalizar la hostilidad. Esta clase de humor no deja a la persona con una sensación de bienestar, y la calidad de la risa es diferente; comparada con la alegría o la risa curativa, en ella se advierte una falta de afecto. El grado de comodidad que convida a la risa entre mujeres proviene de la sensación de estar entre iguales; por muy profundamente que amemos a un hombre en concreto, en general es cierto que el sexo masculino parece una especie separada de nosotras. Como Carolyn Heilbrun expuso a modo de reflexión en The Last Gift of Time: «Doris Lessing se preguntaba si alguien que observara la humanidad no llegaría a la conclusión de que hombres y mujeres forman parte de especies distintas, por ser tan diversos sus entretenimientos, obsesiones y costumbres; idea, por cierto, que se les ha ocurrido a todas las mujeres en algún momento». Esta sensación de hallarse entre semejantes, sin embargo, no es un sentimiento universal que se dé entre las mujeres, dependerá de si compartimos la noción arquetípica de la solidaridad entre mujeres. La risa de las ancianas se nutre de un pozo profundo de sentimientos. Es la expresión del triunfo del espíritu y del alma sobre aquello que podría habernos destruido o convertido en unas amargadas; es porque ocurriese lo que ocurriese, o dejara de ocurrir, eso no nos convirtió en unas quejicas. A veces es más parecido al humor negro; o sea, que con independencia de la edad o el aspecto que tengamos, en este momento seguimos aquí y nos reímos juntas. La alegría es la ex presión espontánea de la libertad y la celebración.

Jean Shinoda Bolen
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LAS ANCIANAS NO IMPLORAN


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El reconocimiento instantáneo de aquella risa que significa “sé exactamente lo que quieres decir” se oyó un día en que una anciana atrevida presente en un círculo de mujeres dijo: «Yo ya no imploro un gesto de aprobación». Sin duda alguna se trataba del típico comentario, “de esos que se centran en el pasado, claro, no en el presente”, sobre la necesidad imperiosa de satisfacer a un hombre, y todas las que se rieron en el fondo lo reconocían de mala gana. No es que ninguna mujer de la sala admitiera haber implorado en realidad, sino que la sensación les resultaba familiar a todas: el angustioso esfuerzo por complacer y mostrarse complaciente, sin olvidar las preguntas silenciosas que iban parejas al tema: «¿Soy lo bastante buena, o bien lo bastante bonita?». «¿Te complazco?». ¡Qué tristes y patéticas éramos durante los horribles años en que nos veíamos raras y pensábamos que nos rechazarían, y cómo nos sentíamos aliviadas cuando éramos aceptadas! Han pasado varias décadas desde los tiempos del instituto, y, sin embargo, muchas mujeres conservan recuerdos vividos de los tiempos en que ser popular importaba realmente. Palabras mezquinas e irreflexivas pronunciadas entonces todavía conservan hoy su veneno. Cuando llevar ropa de la marca adecuada contaba, y cuando todavía importaba más con quién nos dejáramos ver, las amigas sin estilo o poco agraciadas se veían postergadas a medida que se iban formando nuevas pandillas; lo cual ocurría especialmente cuando existían los clubes o las hermandades femeninas. Implorar para que un popular grupo de chicas te aceptara como miembro era el medio seguro de terminar humillada. La inseguridad del adolescente no favorece la compasión; al contrario, fomenta una actitud de superioridad que se basa en denigrar a los demás. Creo que hubiéramos podido profundizar más, y también extendernos más, por consiguiente, en lo que respecta a aquella conversación sobre ruegos y lamentos, si esta última se hubiera desarrollado en un plano más serio y hubiéramos sacado el tema de los sentimientos que debían albergar las que tenían poder para rechazar a las demás, y sobre cómo eso nos afectó en el pasado y nos afectaba en el momento presente. Tanto las mujeres como los hombres se identifican con el opresor y perpetran en los demás los agravios que les infligieron en el pasado. Reconocerlo en una misma es bastante desagradable, pero cuando asumimos esa idea y la mezclamos con una buena dosis de arrepentimiento y remordimientos, sin duda alguna se convierte en una experiencia de la cual aprendemos muchísimo. Las mujeres que entran en la menopausia a menudo reviven sentimientos que tuvieron en la época del instituto porque la menopausia guarda similitudes con la adolescencia. Es un período hormonal y fisiológico de transición e incertidumbre en el que la inseguridad sobre el propio atractivo vuelve a asomar la cabeza. Las mujeres jóvenes y las menopáusicas se ven demasiado gordas o demasiado planas, o todo les sobra, o todo les falta. En cuanto a las ancianas, también sienten que se vuelven invisibles, en especial si el atractivo forma parte de su magnetismo personal. Desear complacer es normal. No obstante, estar dispuesta a implorar supera en mucho al querer complacer. Pensad, si no, en la diferencia de comportamiento entre el perro apaleado que se arrastra y mueve la cola al mismo tiempo y el cachorrillo sano que se contonea encantado y ansia complacer. La naturaleza ha hecho vulnerables y graciosas a las crías de todas las especies como señuelo para atraer las cualidades protectoras y nutricias de los adultos. Todos venimos al mundo para ser amados, lo cual es un ingrediente esencial en el desarrollo del cuerpo y la psique. Si nos aman, nos aceptan y nos tratan bien, no imploramos; actuamos con naturalidad y espontaneidad. Cuando el suplicar se da entre dos adultos, el miedo al castigo (que puede ser rechazo) existe. Es una relación jerárquica en la que una persona tiene poder sobre la otra y lo ejerce. Implorar es un estado mental psicológico en el cual nos adherimos a otra persona porque nos consideramos seres inferiores y necesitados, sin valor alguno. Es posible asimismo que suplicar sea el resultado de permanecer en una relación basada en los malos tratos que no hemos abandonado en el momento crucial. Sólo una mujer que en realidad sea una prisionera, o cuyo estado le prive de su libertad, tiene que implorar. Las demás necesitan pedir ayuda y salir de ahí. La desigualdad que se ha formado al amparo de la cultura fomenta la poca autoestima. Con el feminismo las mujeres fueron conscientes de que eso constituye un principio fundamental del patriarcado. Mientras los hombres o los blancos asuman que son superiores automáticamente y que tienen derecho a que les muestren una actitud de sumisión, las mujeres y las minorías sufrirán un trato de inferioridad. La desigualdad lleva al abuso de poder por parte de los que ostentan la autoridad, y eso los daña anímicamente, así como hiere a los que ellos mismos oprimen. Hay muchas ancianas en la actualidad que no imploran, y todo gracias al feminismo. La igualdad como principio, la elección de la maternidad, la posibilidad de gozar de distintas oportunidades y de contar con el apoyo necesario para convertirse en una auténtica persona hecha y derecha, no pueden considerarse obviedades, ya que nada de todo eso existía en la cultura antes del Movimiento para la Liberación de las Mujeres. Mientras que las mujeres maduras coinciden en que «nadie puede hacerte sentir inferior sin tu consentimiento», dicho atribuido a Eleanor Roosevelt (que se convirtió en una anciana sin poder beneficiarse del movimiento), creo que sin el Movimiento para la Liberación de la Mujer sólo alguien excepcional podía convertirse en una anciana.

Jean Shinoda Bolen
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LAS ANCIANAS ESCUCHAN SU CUERPO


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Por lo general, es cierto que prestamos atención a nuestra apariencia externa y que, como siempre, nos damos cuenta de las partes del cuerpo que más nos disgustan. Es nuestro deber, sin embargo, estar a bien con algo más que con la mera apariencia del cuerpo a medida que vamos madurando; lo cierto es que, si no escuchamos a nuestro cuerpo y no prestamos atención a nuestras necesidades y a los placeres físicos, este vehículo, que requiere de una buena conducción para llevarnos por una vida cómoda y larga, nos limitará en cambio la actividad y la posibilidad de transformarnos. Además, si escuchamos al cuerpo, veremos que a menudo nos enseña a prestar atención a algo importante que, de otro modo, se nos escaparía o ignoraríamos. Una anciana aprende que satisfacer lo que desean tanto el cuerpo como la psique nos aporta una sensación de bienestar; por ejemplo, cuando una mujer que quiere bailar busca tiempo para dedicarse a ello. Si el baile es alegría, liberamos endorfinas, priorizamos el placer y disminuimos el dolor y los sufrimientos. La sensación del tacto deseada es otra cosa que alimenta cuerpo y psique y que nos hace sentir un cosquilleo de placer. A los cuerpos también les gustan los orgasmos. Una clase de baile, un masaje aplicado con cierta regularidad, los animales domésticos o un vibrador, son cosas que se encuentran al alcance de una mujer madura; por tanto, ¡prohibido quejarse por no tener un marido que baile o un amante! Hay cuerpos que anhelan la caricia del sol. Otros desean sentir el viento o el cortante aire de la montaña. Viajar o caminar confiere energía a algunos cuerpos. En resumen, una anciana escucha su cuerpo como si fuera la extensión de su psique. Cuando los dos se muestran unidos en función de lo que interesa o se desea, las imágenes, las emociones y los recuerdos se entrelazan con sensaciones y actividades físicas. La psique y el cuerpo son uno solo. Hay muchas mujeres maduras que también aprenden a escuchar su cuerpo, del mismo modo que ciertas personas se muestran en sintonía con las vibraciones y los sonidos de sus automóviles, saben decir cuándo hay algo que “no marcha bien” y lo que debería arreglarse. Se trata de molestarse en prestar atención, que para muchos es algo que tan sólo se hace cuando aparecen los problemas. Para otros, en cambio, escuchar es su segunda naturaleza. El cuerpo también expresa sentimientos, y si no permitimos que las emociones emerjan a la luz en calidad de sentimientos, aparecerán en forma de dolor o síntomas físicos. Lágrimas de sufrimiento sin derramar, la reacción ante un aniversario… El cuerpo recuerda las fechas cargadas de emociones cuando la mente ya las ha olvidado. La rabia ignorada, el resentimiento, la hostilidad o la tensión resultante del miedo o la ansiedad, pueden aflorar como dolor o sufrimiento, en forma de un ataque de asma, un trastorno intestinal, insomnio o erupción cutánea. Una anciana escucha el mensaje que se oculta entre los sentimientos y el cuerpo; y este mensaje le lleva a buscar una respuesta interior a la pregunta “¿qué está pasando?” cuando un síntoma físico que le resulta familiar reaparece. Una mujer madura también presta atención a las posibles percepciones corporales: interpreta lo que éstas le dicen sobre las personas y las situaciones. ¿Hacia quién te sientes atraída físicamente? ¿Ante quién das un paso atrás cuando se te acerca? Tener la carne de gallina, apretar las mandíbulas, ruborizarse, o notar que se te ponen los pelos de punta, son mensajes especialmente importantes que debemos interpretar, pues en el momento en que surgen el cuerpo nos está diciendo algo. El aspecto externo que una anciana pueda tener no necesariamente le ha de importar. Lo que cuenta es que su valía como mujer y ser humano no dependa de eso. Después de la menopausia, los efectos de la gravedad en general se vuelven más palpables. Todo tiende a colgar y a perder firmeza. Cosas como, por ejemplo, la belleza saludable de alguien que está en forma y tiene buena salud, un guiño, una sonrisa auténtica y la risa espontánea, contribuyen a hacer que una persona sea atractiva, independientemente de la edad que tenga. Sin embargo, las mujeres maduras que desean parecer jóvenes, porque es así como se sienten, desearán tratarse las arrugas y las bolsas bajo los ojos, mientras que a otras, en cambio, les encantarán esas mismas arrugas, el pelo cano o blanco, y disfrutarán pareciendo abuelitas o ancianitas sabias.

Jean Shinoda Bolen
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LAS ANCIANAS DECIDEN SU CAMINO CON EL CORAZÓN


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Las ancianas son mujeres que aprendieron de su propia experiencia y que saben aplicar las enseñanzas pasadas en el presente. Ver las consecuencias de sus actos les ayuda a aprender determinadas lecciones que asumirán a pies juntillas. Son mujeres apasionadas, valientes o de rectos principios que, sin embargo, en el pasado no fueron conscientes del daño que podían causar actuando impulsivamente. Como dijo en una ocasión una mujer arrepentida: «Todo me daba igual». El miedo a ser un pelele o la fantasía de dejarse arrastrar imperaba en sus vidas, o incluso puede que interpretaran la advertencia de mostrarse prudentes como un reto o un desafío. Sólo más tarde comprendían lo mucho que ellas mismas y otros seres inocentes sufrían al mantener tal actitud. Se habrían podido evitar graves consecuencias si tan sólo las mujeres hubieran ido más despacio y actuado de manera más reflexiva a la hora de tomar una decisión. También aprendieron la lección aquellas mujeres que se dejaron convencer y abandonaron lo que para ellas era importante en el pasado, y, ahora ancianas, se niegan a ser manipuladas o empujadas a actuar según los dictados de otro. Las ancianas saben que se encuentran en una encrucijada y saben igualmente que la decisión que tomen les costará sacrificar alguna de las distintas alternativas. Elegir un camino significa abandonar el otro. Cada decisión fundamental posee sus propias y concretas características: lo concreto difiere, pero lo esencial permanece igual. Hemos de conocernos a nosotras mismas y saber en todo momento qué es lo que nos importa con el fin de elegir sabiamente. Seguir un camino trazado con coraje, mantenernos despiertas y estar satisfechas son conceptos relacionados entre sí. He utilizado las enseñanzas que don Juan imparte a su aprendiz Carlos Castañeda desde que las leí, allá por los años sesenta. Mi versión es la siguiente: Existen muchos caminos entre los que elegir, pero ni uno solo lleva a ninguna parte. No obstante, debemos escoger con muchísimo cuidado qué sendero tomar. Si elegimos uno con el corazón, quizá sea difícil, pero imperará la alegría y, mientras viajemos, maduraremos y llegaremos a identificarnos con él. Si escogemos un camino por miedo, en cambio, la angustia será nuestra compañera de viaje, y nada importará el poder, el prestigio y las posesiones que consigamos, porque todo eso nos hará sentirnos limitados. Ya lo dice el refrán: es el viaje, y no el destino, lo que importa. La idea de que somos seres espirituales que seguimos un camino humano en lugar de seres humanos que quizá siguen una senda espiritual, me ha intrigado desde el día en que pasó a formar parte de mis pensamientos. Si poseemos un alma inmortal y si la vida tiene un propósito, ¿por qué estamos aquí? ¿Acaso cada uno de nosotros debe encontrar una respuesta personal a la cuestión: «¿Qué es lo que hemos venido a hacer?». ¿Podría encontrarse el amor en la raíz de cada una de las preguntas relacionadas con el significado de una vida en concreto o un momento especial? Ser humano es amar y, por consiguiente, ser vulnerable a la pérdida y al sufrimiento. ¿Acaso el sufrimiento que sentimos y el que causamos podría ser el medio a partir del cual aprender? La curación y el perdón, ¿podrían formar parte de ese camino? ¿Tal vez la confianza y la valentía sólo aparecen cuando corremos el riesgo de sufrir una pérdida? ¿Podría aumentar la compasión a través de experiencias humanas compartidas? ¿Es posible que nuestro modo de reaccionar frente a lo que no podemos impedir constituya una parte de esta historia? ¿Serían válidas entonces estas dos preguntas: «Qué hemos venido a aprender» y «Quién o qué hemos venido a amar»? Son cuestiones que ¡ojalá! podamos responder correctamente al final de la vida. También son cuestiones que nos podemos plantear en cada una de nuestras relaciones o compromisos fundamentales. (¿Qué he venido a hacer: aprender, amar o curar?) Son preguntas que, en realidad, sólo la persona implicada puede responder. Ser humano supone una experiencia corporal y anímica, única para cada persona. Desde el punto de vista físico no hay nadie igual a otro. Cada uno de nosotros posee su propia historia, que es única, y la realización de esta historia entrará en relación directa con el hecho de si hemos elegido el sendero con el corazón. Venimos al mundo con una personalidad determinada: nuestra manera de ser innata se advierte ya en la infancia. Las aficiones las vamos desvelando a lo largo del camino como reacción frente a lo que nos encontramos. ¿Con qué recursos hemos llegado al mundo? ¿Qué es lo que encontramos fascinante? ¿Qué nos proporciona alegría? ¿Qué es eso que sabemos que nos importa profundamente? Si somos seres espirituales que seguimos un camino humano, las respuestas a las preguntas que conforman el viaje no proceden del exterior, ya que la sabiduría se encuentra en nuestro interior. La senda exterior que tomamos es el conocimiento público, pero el camino del corazón es interior. Los dos se unen, sin embargo, cuando la persona que somos y que dejamos ver en el mundo coincide con quien somos en lo más profundo de nuestro ser. A medida que nos volvemos más sabias, somos más conscientes de que las encrucijadas importantes del camino, en general, no se basan en elecciones que aparecerán recogidas en los anales públicos; son decisiones y luchas que tienen más que ver con haber elegido el amor o el miedo, la rabia o el perdón, el orgullo o la humildad. Son elecciones que modelan el alma. En la Grecia clásica, en los cruces importantes o en las encrucijadas más representativas de la carretera, el viajero podía encontrarse con una estatua de Hécate, la diosa de las encrucijadas, una imagen curiosa con tres caras, que simbolizaban su capacidad de ver las tres direcciones a la vez. La diosa podía ver el sendero que te había conducido hasta ella, y miraba hacia los dos caminos que podías tomar. Era una anciana, cuyo símbolo también era el de la luna menguante. Es asimismo una imagen de esa faceta sabia de nosotras mismas que ha aprendido a partir de la experiencia y la observación, que escucha lo que sabemos intuitivamente y que tiene en cuenta la realidad, a nosotras mismas y el bienestar de los demás antes de actuar. Una mujer que se ha vuelto más sabia, así como más madura, es consciente de hallarse ante una importante encrucijada en el camino. Tal vez sea el momento de la verdad: cualquier cosa que diga provocará un impacto, y una vez se haya pronunciado, no podrá volverse atrás. Quizá se trate de una ocasión para elegir: “votar con los pies” o “lanzarse desde un precipicio”, y después ya nada volverá a ser como antes. Es posible que se trate de un objetivo que pretende llevar a cabo: desprenderse del pasado y perdonar. Si te encuentras en un cruce de caminos, deseo que sepas cuál es el sendero que entronca con tu corazón, y que tengas la valentía de seguirlo.

Jean Shinoda Bolen
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