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Vení a transformarte y formarte este año junto a nosotros.


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La Facilitación de Procesos de Transformación Consciente, es una herramienta útil para acompañar procesos personales.
Un Facilitador de Procesos de Transformación Consciente, acompaña al consultante para que este reconozca su deseo vital, defina objetivos, conecte con su fortaleza y lleva a la acción lo aprendido. Avísanos qué venís a tuspreguntasnomolesta2017@gmail.com
Te esperamos con los brazos abiertos.
Pupi Larroudé y equipo
#pupilarroude #meditación #respiracionconsciente #desarrollopersonal#tarot #astrología #FPTC

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CADA PASO TE DEVUELVE A LA VIDA


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«En el aquí, en el ahora» es el discurso de la vida. Es el lugar al que regresamos —nuestro verdadero hogar—, donde nos sentimos en paz, seguros y felices, el lugar donde podemos contactar con nuestros ancestros, nuestros amigos, nuestros descendientes. La práctica de la meditación consiste en regresar a ese lugar. Cada paso nos devuelve a la vida en el momento presente.
Por favor, intenta practicar una meditación andando lenta y compruébalo por ti mismo. Cuando inspires, da un paso y di: «He llegado». Hemos de invertir el cien por cien de nuestro cuerpo y nuestra mente en nuestra respiración y nuestros pasos para ser capaces de decir que hemos llegado y estamos en casa. Si tu concentración y atención plena son sólidas, lo lograrás de forma total y estarás plenamente en casa en cualquier lugar en el que te encuentres.
Si no has llegado a casa al cien por cien, en el aquí y el ahora, ¡no des un paso más! Permanece ahí y respira hasta que puedas detener el vagabundeo de tu mente, hasta que realmente te instales por completo en el instante presente. Entonces podrás esbozar una sonrisa de victoria y dar otro paso, con la frase «Estoy en casa».
Los pasos sólidos de este tipo son las impresiones del sello regio de un decreto real. Tu pie está grabando en la tierra una huella: «He llegado; estoy en casa». Caminar así genera las energías de la solidez y la libertad. Te pone en contacto con las maravillas de la vida. Te alimenta; te cura. Conozco a personas que han sido capaces de sanar de algunas enfermedades practicando la meditación andando incondicionalmente.
«Soy firme; soy libre» significa que los fantasmas del pasado no te arrastran y que no te arrojas hacia el futuro; eres tu propio dueño. Pronunciar estas palabras no es autosugestionarse o hacerse ilusiones. Cuando eres capaz de habitar el presente, haces tuya la verdadera solidez y libertad. Eres libre del pasado y el futuro, no te apresuras como un poseso. La solidez y la libertad son la base de la felicidad real.

Thich Nhat Hanh
La paz está en tu interior

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Soledad


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Cuando pensamos qué es lo que falta en nuestras vidas, tal vez llegamos a la conclusión de que ¡somos nosotras! Oh, desde luego funcionamos bien. Hacemos lo que hay que hacer. Incluso somos eficientes e imaginativas en ocasiones, pero muchas veces nos sentimos como zombis llevando nuestra rutina sobre rieles bien engrasados. Hemos perdido el contacto con nosotras mismas, y no hay nada más solitario que esto.
Cuando hemos perdido el contacto con nosotras mismas, nada externo nos puede ayudar. Esposos, amigos/as, trabajo… nada puede sustituir lo que falta cuando nos hemos separado de nuestra «fuente interna de poder». Faltamos nosotras, y la única manera de remediar este problema es encontrarnos de nuevo. Encontrarnos toma tiempo. Es un arduo trabajo y vale la pena hacerlo.
Yo buscaba por todas partes lo que faltaba en mi vida, y entonces descubrí que era yo.

Anne Wilson Schaef

#pupilarroude #desarrollopersonal #counseling #coachingespiritual

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La Doncella Rey


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Muchas personas están minadas por la pérdida de conexión con su propia energía de vida en su propio cuerpo. El juicio patriarcal de los padres y las madres las ha separado dejando un rastro de heridas en hijos e hijas. Si a sus deseos naturales se les enfrentaba un constante «no», poco a poco desconectaron de su propio «yo deseo» que reside en el chakra de la supervivencia, simplemente para agradar. En la infancia, el «yo deseo» es indistinguible del «yo necesito». Siendo ya adultos, observan a otras personas que parecen amar la vida y se preguntan por qué ellos no la aman. Desde que eran niños pretendían evadir el deseo. El lugar en que sitúan el deseo es falso; su deseo no procede de sus instintos naturales; por ello, esos instintos no pueden ser satisfechos. Como sus cuerpos no expresan deseos que procedan de sus instintos naturales, caen en deseos desnaturalizados, deseos impulsivos que los abruman con estupor y que se manifiestan como adicciones. Ansían comida que no les nutre, bebidas que no les aportan ningún espíritu, sexo que no les conduce a la unión. Como su cultura adora la materia y menosprecia el alma, concretan la metáfora y literalizan la vida. Tienen hambre de alimento, de alimentos con alma; están muriéndose de hambre de dulzura, del alimento Madre que les vuelva a conectar con aquello para lo que han nacido. Tienen sed del espíritu y su anhelo es de unión. Añoran la conexión con su propio «yo deseo» que brota de las aguas de la vida dentro de su propio cuenco pélvico. Esta terrible negación de quiénes son personifica la ausencia de la madre natural o positiva.

Marion Woodman

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Me pregunto, ¿qué va a suceder ahora?


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Creo que a cada anciana le podría venir a la memoria un dicho o algunas palabras que describieran algo aprendido gracias a la experiencia (y que nos iría muy bien reflexionar sobre ello). Una vez me recordaron que una de mis frases recurrentes era: «Me pregunto qué va a suceder ahora». Fue una amiga que partía de viaje, un viaje impredecible con un grupo de gente cuyas relaciones mutuas eran muy tensas. Al marcharse, me comentó: «Me llevaré tu mantra conmigo». Hace años, en plena transición personal hacia la edad madura, me oí pronunciar estas palabras, porque lo único que me parecía predecible era lo impredecible que resultaban los acontecimientos diarios. Desde entonces, encuentro que son las mejores palabras, y la mejor actitud, que podemos adoptar para atravesar aguas turbulentas y tempestades que se desencadenan cuando las personas pasan por épocas que les cambian la vida y que pueden llegar a alterar su manera de ser. Toda aquella que piense que tiene derecho a una navegación más calmada, a un alojamiento mejor o a una compañía distinta, en plena transición fundamental de la vida, será mejor que deje de maltratarse con tales ideas. De otro modo, se lamentará y no estará preparada para crecer y cambiar. Espero que sabré preguntarme «¿qué va a suceder ahora?» cuando la última y definitiva transición de la vida hacia lo que sea que viene después me sobrevenga. También espero que las palabras estampadas en el póster de la hermana Corita resulten ser verdaderas: «…que las normas serán justas, y que habrá sorpresas maravillosas»; porque el final de la etapa de anciana es un misterio o un velo que cada una de nosotras atravesará sola para dirigirse hacia algo o hacía nada. Pienso en las tres fases de la luna y en las tres etapas de la vida de una mujer: creciente, llena y menguante, y entonces advierto que la luna pasa por una fase final del ciclo; la luna menguante de la anciana va perdiendo definición, hasta que desaparece y se convierte en la oscura luna nueva. Esta oscuridad es el misterio final que sobreviene al final de la etapa de anciana de nuestras vidas. Como seres espirituales que recorren un sendero humano, lo que hagamos en el terreno del alma durante la tercera etapa será, sin lugar a dudas, lo más importante. La sabiduría, la compasión, el carácter, lo que hagamos con la vida que nos dieron, lo que aprendimos, y aquello en lo que nos hemos convertido, todo eso importa. Sabiendo además, como incluso la ciencia confirma, que formamos parte de un universo interconectado en el cual el más ínfimo movimiento del ala de una mariposa puede influir realmente en el sistema entero, puedo imaginar que cada una de nosotras genera ondas de influencia a través de la persona que somos, de lo que hacemos, de si amamos y rezamos, y, que llegado el día, lo sabremos. Un fuerte abrazo.

Jean Shinoda Bolen
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Los círculos de mujeres


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Un movimiento feminista de base que trajera la paz al mundo empezaría con diversas mujeres reuniéndose en grupos reducidos. Así es como empezaron las sufragistas y como los grupos de concienciación se convirtieron en el Movimiento para la Liberación de la Mujer. A través de amistades, de retransmisiones y, en la actualidad, de Internet, este movimiento de mujeres que se reúnen en círculos, fomentan el crecimiento de más círculos y comunican ideas y sugerencias para pasar a la acción, podría crecer geométricamente, y luego exponencialmente, hasta que hubiera un número importante de círculos que pudiera influir en cómo la humanidad percibe y soluciona sus problemas. La conducta y las actitudes cambian cuando muchas personas las adoptan. La famosa sentencia de Víctor Hugo describe el fenómeno: «Nada hay tan poderoso como una idea a la cual le ha llegado su momento». Preveo que una tercera ola de feminismo internacional de base adoptará la forma de círculos de mujeres que cuentan con un centro espiritual. Cuando las mujeres se reúnen y se comprometen mutuamente a formar parte de un círculo, sobre todo si es uno que se articula alrededor de un centro espiritual, están creando un crisol de transformación para sí mismas, y un vehículo que propiciará el cambio en el mundo. Los componentes esenciales son mujeres individuales que posee la capacidad de entablar amistades duraderas y profundas con otras mujeres. No basta con ser del género femenino, dado que hay muchas mujeres que no confían en otras, al verlas como rivales ante los hombres, o bien porque piensan que el género femenino es inferior. Entre las mujeres, el arquetipo de la hermana, la madre y la anciana es lo que les facilita identificarse la una con la otra más allá de los límites nacionales, raciales y religiosos. Es esa capacidad de sentir una vinculación afectiva o emocional lo que a las mujeres les permite imaginar cómo sería vivir a ambos lados de la división palestino-israelí, ser mujer en tierra talibán o una madre que vive de las prestaciones sociales en Estados Unidos. Se trata de un punto de vista que no considera que la guerra sea algo que debe ganarse, sino que más bien es causa común de muertes y sufrimientos, sobre todo para las mujeres y los niños inocentes. Las madres siempre han visto a sus jóvenes de dieciocho a veinte años que visten uniforme como muchachos cuyas vidas quizá terminen prematuramente. Nuestra generación ha sido testigo de que casi todos nuestros anteriores enemigos se han convertido en aliados o en socios comerciales, lo cual no compensa en absoluto la pérdida individual. Caminando por el Monumento Conmemorativo de la Guerra de Vietnam, viendo un nombre tras otro de jóvenes muchachos, y también de algunas chicas, el derroche y la inutilidad de la guerra emergen a la conciencia. El poder invisible de los círculos de mujeres sobre las mujeres que los componen crece a partir del poder que sus componentes tienen entre sí, que es extraordinario. La autoestima, el éxito y el desarrollo del talento tienen que ver con el hecho de que nos hayan escuchado y valorado, amado por lo que somos, animado y apoyado para que lleváramos aquello que nos creíamos capaces de hacer. Cuando existe un apoyo práctico o psicológico que pueda provocar un cambio significativo, es más probable que ese cambio suceda. El hecho de que los demás crean en nosotras, o tengan el mismo punto de vista, o bien sean modelos de conducta, tiene una influencia invisible y poderosa. La fuerza para resistir ante la colectividad procede de hallarse en un pequeño círculo formado por personas de mentalidad semejante. Ese círculo nos permite seguir adelante a pesar del sentido del ridículo, o de los oponentes que manifiestan que no sabemos de lo que estamos hablando, o de que no pertenecemos a esa esfera en la que nos queremos situar. En 1999 escribí El millonésimo círculo sobre los círculos de mujeres con un centro espiritual y su potencial para cambiar el mundo, lo cual llevaba a su vez a la formación de la iniciativa del millonésimo círculo internacional. Era una posibilidad visionaria que iba pareja a un manual de instrucciones, el cual, por su calidad poética y sintética, me hizo considerarlo algo así como «el zen y el arte del mantenimiento del círculo». La idea del millonésimo círculo se inspiró en el éxito del movimiento antibélico contra las guerras nucleares y en la historia del «centésimo mono», que sustentaban diversos grupitos de activistas, animándoles a seguir en la lucha contra la falta de fe general en la idea de que unos ciudadanos preocupados por el tema pudieran detener la carrera armamentística nuclear entre Estados Unidos y Rusia. El millonésimo círculo es una metáfora; es el círculo que, añadido a los que ya se han formado, deviene una masa crítica; y aporta (tanto en el ámbito de los hogares como en el de las naciones) el principio femenino de vinculación como antídoto contra los efectos que provocan el ego y la necesidad, surgida ésta del miedo que los hombres sienten de dominar a los demás. El principio masculino, en cambio, consiste en centrarse en un objetivo que conlleva el éxito personal y el esfuerzo por alcanzar la excelencia en un campo en el que la competitividad potencia el desarrollo del talento individual y el trabajo en equipo, lo cual propicia a su vez la creatividad, el conocimiento, la ciencia y la tecnología, que pueden beneficiar al prójimo. Entre todos los seres humanos de sexo masculino y femenino que han vivido en algún momento en el planeta Tierra, somos precisamente las personas que en la actualidad vivimos la época de apogeo de la ancianidad las primeras que, como generación, hemos tenido la oportunidad de ser mujeres maternales y asimismo mujeres de éxito en el mundo exterior. Nos ha sido posible elegir y tomar nota de las consecuencias de esas elecciones, para integrar ambos principios femeninos y masculinos en nuestra psique. Ahora bien, podríamos perfectamente ser un recurso poco duradero, una casualidad histórica que jamás volverá a darse, si las religiones fundamentalistas y la actitud patriarcal que éstas generan consiguen sus objetivos. La humanidad lleva un curso destructivo, de un modo u otro, y la vida del planeta peligra por culpa de ciertos seres humanos masculinos que poseen poder. Parece que al homo sapiens se le acaba el tiempo. En el terreno biológico, la continuación de la especie siempre ha sido cosa de mujeres. En la actualidad pienso que es cosa de ancianas (ancianas y hombres excepcionales que merecen tal nombre) el sacar adelante al sapiens (que significa “sabio” en latín) a tiempo para garantizar la continuación espiritual, psicológica e intelectual de la humanidad.

Jean Shinoda Bolen
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LAS ANCIANAS UNIDAS PUEDEN CAMBIAR EL MUNDO


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Ésta es una época fabulosa para las mujeres que vivimos la tercera etapa de la vida, sobre todo si nos encontramos en la franja de edad que oscila entre los cincuenta y pico y los setenta y pico. La historia jamás había registrado la existencia de una generación de mujeres que hubiera alcanzado la edad madura como nosotras. Durante la época de procrear, tuvimos a nuestra disposición la píldora, y el veredicto del caso Roe contra Wade nos otorgó el derecho sobre nuestro propio cuerpo en lo que respecta a la reproducción. En el pasado, muy pocas mujeres pudieron ser sexualmente activas, y al mismo tiempo poder elegir si querían, y cuándo, tener hijos. El derecho a disfrutar del mismo salario por trabajos equivalentes, de poner en marcha medidas que compensaran la anterior discriminación y de la igualdad de acceso a la educación y al mundo laboral, mermaron en gran medida las instituciones y las ocupaciones que en el pasado eran exclusivamente masculinas. Como generación, abrimos de par en par unas puertas por las cuales jamás se había permitido que una mujer entrara. Como individuos, pudimos efectuar elecciones personales respecto a cómo y con quién que viviríamos porque teníamos el derecho a decir que no. Las creencias espirituales y religiosas que defendiéramos, el lugar o la opción de culto, también eran cosas que debíamos decidir nosotras. Por primera vez en la historia a las mujeres se les reconocían sus derechos, y los disfrutaban con una naturalidad tal que parecía que todo eso fuera lo más normal del mundo. Además, también nos beneficiamos de la abundancia de materiales y de los avances médicos, al margen de poseer una esperanza de vida mayor que la de cualquier generación anterior. Disfrutamos de una ventaja de género, asimismo, al sobrevivir a los hombres en todas las edades. ¡Qué influencia tan enorme podrían tener las ancianas en la actualidad! Si tan sólo una de cada diez mujeres de Estados Unidos que haya pasado de los cincuenta se implicara en querer mejorar el mundo, podría haber casi cinco millones de ancianas activistas alimentando sus filas. Podemos ofrecer nuestra sabiduría, y nuestras prioridades marcarían un punto de inflexión. Las mujeres sabemos que, cuando una comunidad se convierte en un lugar seguro para las mujeres y los niños, todos estamos a salvo. Sabemos que impedir el abuso infantil también les impide a esos niños que, al crecer, maltraten a los demás. No nos sorprende saber que los cerebros de los fetos de las mujeres embarazadas que viven en un estado de terror o pobreza se desarrollan de un modo distinto, como les ocurre a los cerebros de niños y niñas que sufren estas condiciones. Nuestro sentido común nos habla de lo que los investigadores ya han demostrado: los niños y las niñas están más sanos y las familias son más reducidas cuando las mujeres pueden elegir la reproducción, y, si todas las mujeres pudieran acceder al control de la natalidad, eso equivaldría a dar un paso para reducir el problema de la superpoblación, el cual, a su vez, influye en la crisis ecológica que arranca de la escasez de recursos, etcétera. Las mujeres reaccionan ante el estrés de una manera distinta a los hombres, lo cual nos proporciona una ventaja psicológica y fisiológica a la hora de trabajar para hallar una resolución pacífica de un conflicto, sobre todo en zonas donde desde muy antiguo imperan las represalias y los conflictos. Los hombres reaccionan al estrés con una fisiología adaptada al lema «huye o lucha»: la adrenalina, favorecida por la testosterona, aumenta. Las mujeres, sin embargo, presentan una reacción fisiológica que sigue las pautas de «ocúpate y confraterniza»; la oxitocina (la hormona del lazo maternal) aumenta con el estrés, que viene propiciado por los estrógenos. Las mujeres mantienen alianzas mutuas y eliminan el estrés por medio de la conversación, lo cual nos da ventaja a la hora de mantener conversaciones pacíficas. Como contrapartida, los conflictos entre machos-alfa versan sobre la supremacía. Si colocamos a los líderes en una misma habitación para que negocien la paz, el conflicto en cuestión se traslada a una mesa de negociaciones. Por consiguiente, cuando de lo que se trata es de ganar, se considerará una debilidad, o se atribuirá a una estrategia, el hecho de alcanzar una solución de compromiso. La derrota es una humillación en la cual el perdedor se consuela planificando las represalias y fomentando el odio en la generación siguiente. Lo que sí es cierto es que con independencia de quién gane, sabemos que las mujeres y los niños siempre pierden. Las mujeres sabias y maternales deben involucrarse en los procesos de paz en número suficiente como para cambiar el modelo. En ausencia de esta clase de mujeres, la sabiduría de la anciana se ha visto representada, hasta el momento, por hombres excepcionales que son ancianos, como, por ejemplo, Nelson Mandela, Mahatma Gandhi, Su Santidad el Dalai Lama y Jimmy Carter.

Jean Shinoda Bolen
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